Desperdicio alimentario, el problema empieza mucho antes de tu nevera

La ley española separa las pérdidas que se quedan en el campo del desperdicio que acaba en la basura, y solo mide bien una de las dos. ¿Qué dice la Ley 1/2025, cuánto se tira en España y qué falta por contar?



Seguro que esta situación que te voy a contar te suena. Abres la nevera un domingo por la noche buscando algo rápido para cenar y te encuentras al fondo la bolsa de espinacas que compraste el martes con toda la intención de cocinarla, todavía está cerrada, pero con la fecha pasada por dos días, no te fías y al final decides tirarla pensando que menuda faena, que si hubieras organizado un poco mejor la semana esa bolsa no habría acabado en la basura.

Esa escena es la que sale siempre que se habla de desperdicio alimentario, y tiene todo el sentido del mundo porque es la que vemos y la que nos toca de cerca. Pero mientras tú te sientes mal por dos euros de espinacas y por tener que tirarla, esa misma semana ha habido campos enteros de brócoli que nadie ha recogido, y no porque estuviera en mal estado, sino porque el precio al que se pagaba no llegaba ni para cubrir el jornal de la cuadrilla que tendría que haberlo recogido.

Las dos cosas terminan igual, con comida que nadie se come en la basura, pero en España, los desperdicios alimentarios se contabilizan de forma diferente según quién los genere. Lo que tiras tú en casa está medido al detalle, kilo a kilo, con un panel oficial que lleva años funcionando. Lo que se queda en el campo no entra en esa estadística, y eso cambia bastante la situación del problema.

¿Qué cuenta como desperdicio alimentario y qué no?

La norma que regula todo esto en España es la Ley 1/2025, de prevención de las pérdidas y el desperdicio alimentario, esta norma define el desperdicio alimentario como «la parte de los alimentos destinada a ser ingerida por el ser humano y que termina desechada como residuo». Suena a lenguaje de boletín oficial, pero las dos condiciones que se incluyen explican buena parte de las cifras que te voy a contar.

  1. La primera condición es que ha de ser comida para personas, así que la cáscara del plátano o las espinas del pescado se quedan fuera porque no son comestibles
  2. La segunda es que tiene que acabar desechada, en la basura, en este caso queda fuera todo lo que se reorienta hacia la alimentación animal, porque en ese caso el alimento no se tira sino que se aprovecha por otra vía

Además para entender todo esto bien, conviene que tengas a mano otro concepto, el de residuo alimentario, este concepto es más amplio que el anterior, en este caso sí se incluyen esas partes de los alimentos que no son comestibles. ¿Y qué pensarías si te digo que este es el concepto que utiliza Europa para llevar la cuenta del desperdicio alimentario?

Pues eso, dos informes oficiales o serios sobre datos de desperdicio alimentario del mismo país pueden indicar cifras totalmente diferentes, porque cada uno estaba midiendo una cosa distinta.

Pérdidas y desperdicio no son lo mismo, aunque lo parezca

Fíjate en cómo se llama la ley, porque el nombre ya te está avisando de que aquí hay dos asuntos y no uno. Habla de pérdidas y habla de desperdicio, y los separa a propósito.

Las pérdidas, según el artículo 3, son los productos agrarios y alimentarios que se quedan en la propia explotación, ya sea porque se reincorporan al suelo o porque se compostan allí mismo, cuando su destino iba a ser la alimentación humana. El brócoli que nadie corta entra en esta categoría, igual que la naranja que se cae del árbol y ahí se queda.

El desperdicio es el alimento que ya ha entrado en la cadena comercial y termina en la basura de una tienda, un restaurante o una casa. Este alimento estaba destinado al consumo de personas pero por diversos motivos termina como desperdicio.

Hay un detalle en la definición de «las pérdidas» que merece atención «en la propia explotación». La FAO trabaja con un criterio bastante más amplio y cuenta como pérdida todo lo que se cae de la cadena entre la cosecha y la tienda, incluyendo el transporte, el almacén y la primera transformación.

Con ese criterio calcula que alrededor del 13 % de los alimentos del mundo se pierde antes de llegar siquiera al comercio, un porcentaje que no aparece en ninguna estadística doméstica sencillamente porque esa comida nunca llegó a estar a la venta.

Alrededor del 13 % de los alimentos del mundo se pierde antes de llegar siquiera al comercio

FAO

¿Cuánto tiramos en España?

Los últimos datos oficiales son de 2024 y los publicó el Ministerio de Agricultura en agosto de 2025. Ese año España desperdició 1.125 millones de kilos o litros de alimentos y bebidas en total, tanto dentro como fuera del hogar, esto significa un 4,4 % menos que el año anterior, lo que en la práctica significa que se salvaron 51,54 millones de kilos que en 2023 habrían acabado en la basura.

La tendencia lleva tiempo bajando y no parece un rebote puntual, porque desde 2020 la reducción acumulada roza el 20 % y el desperdicio por persona se ha quedado en 24,38 kilos o litros al año. Dicho de otra forma, de cada 100 kilos que metes en el carro de la compra terminas tirando 3,7, que sigue siendo mucho pero es bastante menos de lo que tirábamos hace cinco años.

El reparto es lo que más sorprende cuando lo ves por primera vez. Los hogares concentramos el 97,5 % del volumen, unos 1.097 millones de kilos, mientras que todo lo que se tira en bares y restaurantes se queda en el 2,5 % restante. Y dentro de casa, más de tres cuartas partes de lo que va al cubo es producto que ni siquiera llegamos a abrir, tal cual venía del supermercado.

Si te preguntas qué se tira más, la respuesta no te va a pillar por sorpresa. La fruta encabeza la lista con un 32,4 % del producto sin usar que se desecha, seguida de las verduras y hortalizas con un 13,8 %, y entre los platos ya cocinados son las ensaladas y las verduras las que más acaban en la basura. Es el mismo patrón que aparece al analizar los residuos de la cesta de la compra, porque lo fresco es siempre lo que peor gestionamos.

Desperdicio alimentario en los hogares de España, 2020-2024

Desperdicio total en España, dentro y fuera del hogar en 2024

La parte del problema que la estadística no ve

Aquí es donde conviene ir con pies de plomo, porque esos 1.125 millones de kilos circulan por las noticias como si fueran todo el desperdicio de España y en realidad son solo una parte.

La cifra sale del informe «Panel de Cuantificación del Desperdicio Alimentario en los Hogares«, un estudio basado en 4.000 hogares en los cuales se registra todo lo que compran y todo lo que tiran. Este informe mide dos cosas:

  • Desperdicios de alimentos sin utilizar
  • Desperdicios de alimentos ya cocinados, de recetas

Y como dato curioso, deja fuera del muestreo a Canarias, Ceuta y Melilla.

Lo que no mide este informe es todo lo demás:

  • Lo que se queda en el campo
  • Lo que se pierde en la industria que transforma el producto
  • Lo que la distribución retira antes de que llegue al lineal

Son tres eslabones de una cadena que la ley quiere regular pero que no llega a observar su realidad. El Ministerio no esconde esto en ningún momento y lo explica con detalle en su propia metodología, así que el problema no está en el estudio sino en cómo se cuenta el dato por ahí, como si fuera el total nacional.

De ahí sale también una comparación que verás repetida por todas partes y que no es realista. Se publica que en España tiramos 24,38 kilos por persona, que comparado con los 132 kilos de desechos medios por persona a nivel mundial que indica el informe de Naciones Unidas puede dar lugar a conclusiones optimistas, cuando la realidad es que son datos completamente diferentes.

La publicación española solo cuenta productos comprados y tirados por el consumidor, mientras que la estadística de Naciones Unidas cuenta residuos alimentarios, cáscaras y huesos, sumando comercios, restauración y hogares. Nada que ver uno con otro.

Lo que sí resiste la comparación es el tamaño del problema. Naciones Unidas calculó 1.050 millones de toneladas de residuo alimentario en el mundo durante 2022, esto supone el 19 % de todo el alimento que llega al consumidor.

Si a este dato le sumas las pérdidas y el desperdicio resulta que entre los dos datos se generan entre el 8 % y el 10 % de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero.

Cuando tiras comida no tiras solo comida, tiras también el agua que se regó, el suelo que se labró y el gasóleo que costó traerla hasta tu ciudad, que es justo lo que se ve al desglosar la huella de carbono de la alimentación.

¿Por qué se queda comida sin recoger en el campo?

Casi nunca por dejadez, que suele ser lo primero que uno piensa. Si te lees las causas que recoge el propio Ministerio verás que la mayoría son económicas y logísticas, y que se le escapan de las manos a quien cultiva.

  • Están los factores del clima, las plagas y las enfermedades de siempre
  • Está también el producto que no se recolecta porque no cumple las exigencias de forma, calibre o color que el mercado da por buenas, aunque sea perfectamente comestible e igual de nutritivo que el que sí llega a la tienda
  • Y están los desajustes entre lo que se produce y lo que se demanda, la falta de almacenamiento adecuado o una cadena de frío que se rompe a mitad de camino

Pero la causa que más cuesta entender no tiene nada que ver con la calidad del producto, y es que cuando el precio de mercado no cubre el coste de la cosecha, salir a recolectar significa perder dinero. La fruta o verdura se queda entonces en el campo estando en perfectas condiciones.

El resultado global cuesta de asimilar, porque según estimaciones de la FAO que recoge el propio Ministerio, en torno al 30 % de la superficie agrícola del planeta se dedica a producir alimentos que después se pierden o se desperdician. Se riega, se abona y se labra para nada.

Y es justo aquí donde hay más margen de mejora, porque las soluciones no pasan por pedirle a nadie que se esfuerce más sino por cambiar cómo funciona la cadena. Hablamos de canales cortos de comercialización, de revisar unos estándares estéticos que no aportan nada nutricionalmente, de coordinación entre productores para no coincidir todos en la misma ventana de cosecha y de acuerdos estables con los distribuidores.

Es el terreno en el que trabajan las iniciativas de sistemas alimentarios sostenibles, y donde las cooperativas juegan con cierta ventaja porque pueden planificar volúmenes que un productor por su cuenta jamás podría.

Qué te obliga la Ley 1/2025 si tienes un negocio

Si trabajas en hostelería, en distribución, en una cooperativa o en cualquier empresa que toque alimentos, esto ya te afecta directamente. La ley se publicó en el BOE el 2 de abril de 2025 y sus obligaciones más exigentes, las del artículo 6, se aplican desde abril de 2026, así que llevan unos meses en vigor.

El corazón de la norma es una jerarquía de prioridades que todos los agentes de la cadena tienen que aplicar en este orden:

  1. Prevenir, ajustando producción, compra y gestión para que el excedente no llegue a generarse
  2. Donar para consumo humano lo que ya se ha generado
  3. Destinarlo a alimentación animal y a la fabricación de piensos
  4. Emplearlo como subproducto en otra industria
  5. Reciclarlo hacia compost y digerido de calidad para devolver materia orgánica al suelo, y solo cuando ya no queda otra salida, hacia valorización energética como el biogás

Es la lógica de la economía circular aplicada a la comida, y ese orden no está puesto de adorno porque saltarse escalones es incumplir. El último peldaño enlaza además con soluciones que convierten el residuo orgánico en carbono estable, como el biochar.

Junto a la jerarquía vienen dos obligaciones muy concretas. Cualquier empresa afectada tiene que disponer de un plan de prevención de las pérdidas y el desperdicio que explique cómo aplica ese orden, y tiene que promover acuerdos de donación de excedentes con entidades sociales o con bancos de alimentos.

La ley añade además un detalle de efecto práctico inmediato, y es que cualquier cláusula de un contrato que impida expresamente donar alimentos es nula de pleno derecho.

No todo el mundo está obligado, eso sí. Quedan fuera las microempresas y los establecimientos de transformación, comercio minorista, distribución, hostelería o restauración que no superen los 1.300 metros cuadrados, aunque conviene que tengas presente una cautela, y es que si varios establecimientos operan bajo el mismo CIF y entre todos pasan de esa superficie, la obligación vuelve a aplicarse.

¿Y qué ocurre si no se cumple? No tener el plan estando obligado a tenerlo es infracción grave y se sanciona con multas de entre 2.001 y 60.000 euros, mientras que las leves llegan hasta los 2.000 y las muy graves alcanzan el medio millón. También se considera grave destruir a propósito alimentos que estaban en condiciones de comerse.

Lo que Europa exige de aquí a 2030

En septiembre de 2025 la Unión Europea aprobó la Directiva 2025/1892, que modifica la Directiva Marco de Residuos y pone por primera vez cifras vinculantes encima de la mesa. Hasta entonces había compromiso político y poco más, y ahora hay número y hay fecha.

Los Estados miembros tienen que conseguir, como muy tarde el 31 de diciembre de 2030, reducir un 10 % los residuos alimentarios en transformación y fabricación y un 30 % per cápita en el conjunto del comercio minorista, la restauración y los hogares, tomando como referencia la media anual del periodo que va de 2021 a 2023. Cada país tiene de plazo hasta el 17 de junio de 2027 para trasladar todo esto a su legislación nacional.

Merece la pena que te fijes en lo que falta, porque los objetivos cubren la transformación, la distribución, la restauración y los hogares, pero no fijan ningún porcentaje vinculante para la producción primaria, que es justamente el eslabón donde se concentran las pérdidas que peor medimos.

La Comisión revisará las metas antes de que acabe 2027 y ahí veremos si ese hueco se cierra o se queda como está. Es también la razón por la que la meta 12.3 del ODS 12, que hablaba de reducir a la mitad el desperdicio para 2030, va a llegar a esa fecha bastante lejos de cumplirse.

Por dónde empezar sin volverte loco

Volvamos a tu nevera, que sigue siendo un sitio perfectamente razonable por donde empezar. Planificar la compra antes de salir de casa, entender de una vez la diferencia entre el consumo preferente y la fecha de caducidad, cocinar con lo que ya está abierto y congelar lo que sabes que no te vas a comer esta semana son gestos que funcionan de verdad y que están al alcance de cualquiera, y sobre eso escribimos con más detalle al hablar de qué significa ser un consumidor sostenible.

Lo que sí me parece importante es que salgas de la nevera de vez en cuando y mires la cadena entera, porque una parte enorme de la comida que se pierde no llega nunca a estar en venta y por tanto no hay decisión de compra que pueda salvarla. Esa parte depende de precios, de calibres, de contratos y de logística, y ahí la palanca no la tienes tú sino las empresas y las administraciones que ordenan el mercado, aunque una ayuda por parte del consumidor es escoger en la medida de lo posible productos de España.

Que empecemos a medir lo que hoy no se mide sería un buen primer paso, entre otras cosas porque cuesta bastante poco y nos daría por fin una foto completa de un problema del que llevamos años hablando con solo la mitad de los datos encima de la mesa.

Preguntas frecuentes

¿Qué es el desperdicio alimentario?

La Ley 1/2025 lo define como la parte de los alimentos destinada a ser ingerida por una persona y que acaba desechada como residuo. No entran ahí las partes que no te ibas a comer, como las cáscaras o los huesos, ni los alimentos que se reorientan hacia la alimentación animal, porque en ese caso no se tiran sino que se aprovechan por otra vía.

¿En qué se diferencian las pérdidas del desperdicio alimentario?

Las pérdidas son los productos que se quedan en la propia explotación agraria cuando su destino iba a ser la alimentación humana, como una cosecha que no llega a recogerse. El desperdicio ocurre más adelante, cuando el alimento ya ha entrado en la cadena comercial y termina en la basura de una tienda, un restaurante o una casa.

¿Cuánto desperdicio alimentario se genera en España?

En 2024 se desperdiciaron 1.125 millones de kilos o litros, un 4,4 % menos que en 2023 y en torno a un 20 % menos que en 2020, según el Ministerio de Agricultura. Equivale a 24,38 kilos o litros por persona al año, o lo que es lo mismo, a 3,7 de cada 100 kilos que compramos.

¿Qué obligaciones impone la Ley 1/2025 a las empresas?

Tienen que aplicar una jerarquía de prioridades que empieza por prevenir y sigue por donar para consumo humano, disponer de un plan de prevención de pérdidas y desperdicio, y promover acuerdos de donación de excedentes. Además, cualquier cláusula contractual que impida donar alimentos es nula de pleno derecho.

¿Qué objetivos ha fijado la Unión Europea para 2030?

La Directiva 2025/1892 obliga a reducir, antes del 31 de diciembre de 2030, un 10 % los residuos alimentarios en transformación y fabricación y un 30 % per cápita en el conjunto de comercio minorista, restauración y hogares, tomando como referencia la media de 2021 a 2023.

¿Cuánto contamina el desperdicio de alimentos?

Las pérdidas y el desperdicio generan juntos entre el 8 % y el 10 % de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero, casi cinco veces lo que emite el sector de la aviación. A eso se suma que alrededor del 30 % de la superficie agrícola del planeta se destina a producir alimentos que nunca llegan a consumirse.