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Los electrodomésticos inteligentes, ¿realmente ahorran energía y dinero o solo es marketing?

El ahorro de energía y dinero no viene solo de cambiar un electrodoméstico tradicional por uno inteligente. Te contamos cuándo se nota el ahorro real y cuándo no compensa pagar más


Cuando era pequeña nunca pensé que la lavadora se pudiese considerar «inteligente», aunque sí muy útil, en aquellos años simplemente se encendía, lavaba la ropa y lo más inteligente que hacía era pitar para que la apagases, pero desde que a alguien se le ocurrió instalar chips a los electrodomésticos, las tareas del hogar han cambiado por completo, ahora tenemos electrodomésticos inteligentes:

  • Lavadoras que esperan a que la electricidad sea más barata para ponerse en marcha
  • Termostatos que aprenden a qué hora llegamos a casa
  • Frigoríficos que nos avisan cuando un alimento está a punto de caducar
  • O luces que se apagan solas cuando no hay nadie en la habitación

Pero más allá de la innovación y la comodidad que supone tener electrodomésticos inteligentes ¿realmente estos dispositivos ayudan a ahorrar energía y dinero, o solo es otro reclamo tecnológico?

Pues según la Agencia Internacional de la Energía, los hogares inteligentes pueden reducir su consumo energético entre un 20 % y un 30 %. Esto supone menos emisiones de CO2, menos presión sobre los recursos y una factura eléctrica algo más rebajada, con lo cual podemos afirmar que sí, que realmente los electrodomésticos inteligentes gastan menos, ¿pero cuánto menos? ¿compensa el sobrecoste del electrodoméstico con el ahorro que supone? investiguemos más a fondo.

¿Qué son los electrodomésticos inteligentes y cómo funcionan?

Los electrodomésticos inteligentes son aparatos eléctricos para el hogar que facilitan las tareas como limpiar, cocinar, conservar alimentos o lavar ropa, son electrodomésticos como los de siempre, pero con una peculiaridad, estos nuevos electrodomésticos inteligentes están conectados a Internet 24/7 y pueden ser monitorizados, controlados y programados en remoto.

Su objetivo principal no es solo facilitarte la vida, es el ahorro de recursos y dinero optimizando el uso de electricidad y agua adaptándose a las necesidades del hogar.

A diferencia de un electrodoméstico tradicional, que funciona siempre igual independientemente del contexto, un electrodoméstico inteligente toma decisiones basadas en los datos de uso que tiene almacenados, sabe cuándo ha de conectarse, cuánta energía necesita, qué programa es el más eficiente o si conviene esperar a otro momento del día para ponerse en marcha.

Los electrodomésticos inteligentes funcionan gracias a tres pilares tecnológicos:

  • La conectividad
  • Los sensores
  • Un software inteligente mediante el cual se pueden controlar

Electrodomésticos conectados gracias a IoT

Para que un electrodoméstico pueda conectarse a Internet necesita la tecnología IoT (Internet de las cosas). La tecnología IoT no es más que añadir chips como los de tu ordenador o móvil a cualquier electrodoméstico, de modo que al conectarse a internet junto con el resto de dispositivos son capaces de almacenar datos, comunicarse entre sí y actuar según la configuración o recomendaciones que les indiques a través de Apps especializadas para electrodomésticos inteligentes, las hay genéricas o de los propios fabricantes.

En el hogar, esto significa que tu lavadora puede “hablar” con tu móvil, tu termostato puede ajustarse según la temperatura exterior y tus hábitos diarios, y tu frigorífico puede enviarte una notificación cuando se está acabando algún producto o cuando un alimento lleva demasiado tiempo almacenado sin consumirse, todo esto a través de aplicaciones móviles o de escritorio las cuales controlas, configuras y gestionas desde tus dispositivos personales.

No se trata solo de estar conectados por estarlo, sino de usar esa conexión para tomar mejores decisiones energéticas. Y no se trata de magia sin control, no hay duendecillos que las gestionen, todo lo haces tú aprovechando los datos de uso que almacenan.

Conectividad y control remoto

La conectividad es la base de todo. Los electrodomésticos inteligentes se conectan a internet mediante WiFi, Bluetooth u otro tipo de conexiones. Una vez conectados, se gestionan desde aplicaciones móviles o asistentes de voz.

Esto permite, por ejemplo, encender la calefacción desde el trabajo para que la casa esté a una temperatura confortable al llegar, o programar el lavavajillas para que funcione de madrugada, cuando la electricidad es más barata, sin necesidad de estar pendiente del reloj.

La diferencia clave es que dejas de adaptarse al electrodoméstico y es el electrodoméstico el que se adapta a ti.

Inteligencia artificial y aprendizaje de hábitos

Algunos electrodomésticos inteligentes más avanzados incorporan además inteligencia artificial y aprendizaje automático. Esto les permite aprender de los hábitos del hogar y optimizar su funcionamiento de forma autónoma según el tiempo y hábitos de uso.

Un termostato inteligente, por ejemplo, detecta a qué horas suele haber gente en casa, qué temperatura se prefiere en cada momento del día y cuándo conviene reducir la calefacción o el aire acondicionado porque no hay nadie. Todo esto sucede de forma progresiva y automática, buscando siempre el equilibrio entre confort y eficiencia energética.

En lugar de consumir energía “por defecto”, estos dispositivos intentan consumir solo la necesaria. Y ahí es donde empieza el verdadero potencial de ahorro.

¿Cuál es la diferencia entre electrodoméstico inteligente y electrodoméstico tradicional?

La diferencia clave entre los electrodomésticos inteligentes y los electrodomésticos tradicionales es que los inteligentes se pueden conectar a Internet y los tradicionales no tienen esa capacidad, has de encenderlos y gestionarlos de forma manual.

Otra diferencia importante es el precio, como supondrás, un electrodoméstico inteligente suele ser más caro que uno tradicional cuando lo compramos nuevo.

El consumo de agua, productos y electricidad, es otra de las diferencias, en los electrodomésticos inteligentes es más reducido ya que puede tomar decisiones basadas en datos para optimizar recursos y reducir gastos. En un electrodoméstico tradicional, el consumo es invisible.

En los inteligentes, el consumo se mide, se muestra y se compara. Puedes ver cuánta energía gasta tu electrodoméstico, cuándo y por qué. Y aunque esto no garantiza el ahorro, sí introduce un elemento clave como es la conciencia.

Por último, hay una diferencia social, el electrodoméstico normal pertenece a una época en la que la energía era abundante y barata, en cambio el electrodoméstico inteligente nace en un momento de crisis energética, precios volátiles y necesidad de eficiencia. No está pensado solo para facilitar tareas, sino para optimizar recursos.

¿Cómo llegamos a los electrodomésticos inteligentes?

Los primeros electrodomésticos “modernos” aparecieron a comienzos del siglo XX. La lavadora eléctrica comenzó a popularizarse alrededor de 1908, el frigorífico doméstico llegó a los hogares en la década de 1910–1920, y el lavavajillas empezó a comercializarse de forma más amplia tras la Segunda Guerra Mundial.

Durante mucho tiempo, estos electrodomésticos tradicionales funcionaron haciendo siempre lo mismo, independientemente del contexto. La lavadora consumía la misma cantidad de agua y energía estuviera llena o medio vacía, el frigorífico enfriaba sin saber si se abría diez veces al día o una.

El primer gran salto no fue pasar a los electrodomésticos inteligentes, antes fue la eficiencia energética. A partir de los años 70 y 80, con las crisis del petróleo, comenzó a hablarse de consumo controlado, aislamiento y rendimiento. Aparecieron las primeras mejoras en motores, resistencias y sistemas de refrigeración, y más tarde las etiquetas energéticas.

Los electrodomésticos inteligentes, tal y como los conocemos hoy, empiezan a desarrollarse a partir de la década de 2010, cuando confluyen tres factores clave como son:

  1. La expansión del WiFi doméstico
  2. La reducción del coste de los sensores
  3. El auge del Internet de las Cosas (IoT)

A partir de ese momento, los electrodomésticos dejan de ser máquinas aisladas y pasan a formar parte de un ecosistema conectado, pero no es hasta 2024/2025 cuando comienzan a comercializarse este tipo de electrodomésticos de forma más consolidada. Según parece, la subida del precio de la electricidad ha sido el causante de esta consolidación, hoy, cada kWh cuenta, y la tecnología se presenta como aliada… aunque no siempre lo sea.

¿Los electrodomésticos inteligentes ahorran energía de verdad?

La promesa es tentadora, los fabricantes venden que sus electrodomésticos realmente consumen menos, emiten menos residuos y ahorran en la factura de la luz gracias a la conectividad y la inteligencia artificial. Pero, como ocurre con casi todo lo que rodea a la tecnología, conviene separar el marketing del impacto real.

La pregunta no es si pueden ahorrar energía, sino en qué condiciones de uso se produce ese ahorro y si es tan diferente del consumo de un electrodoméstico eficiente.

Consumo real frente a consumo teórico

Aquí conviene ser realistas para poder valorar.

Los ahorros energéticos que suelen anunciar los fabricantes de electrodomésticos inteligentes se basan, en la mayoría de los casos, en escenarios de uso óptimos y controlados, difíciles de replicar en el día a día de una familia normal. Se calculan comparando ciclos estándar, cargas bien distribuidas, programas eco y personas que interactúan correctamente con la tecnología, pero esto no siempre se cumple.

En la práctica, el ahorro depende más del uso real que del nivel de conectividad. Un electrodoméstico inteligente no es eficiente por defecto, se convierte en eficiente cuando:

  • Se utiliza bien
  • Se configura correctamente
  • Sustituye a un electrodoméstico antiguo que es menos eficiente

Si no se cumplen estas condiciones, la diferencia con un electrodoméstico eficiente “tradicional” no es tanto.

Electrodomésticos eficientes vs. inteligentes

Cuando hablamos de ahorrar energía seleccionando electrodomésticos, lo que de verdad marca la diferencia son los electrodomésticos eficientes, los de etiqueta A (o similares). Estos electrodomésticos consumen entre un 50 % y un 70 % menos que los modelos antiguos, así que el impacto en la factura se nota desde el primer año.

Un ejemplo muy claro es el frigorífico. Uno viejo puede consumir los 600 kWh al año, mientras que un modelo eficiente baja fácilmente a 250 kWh/año. Solo con ese cambio, el ahorro ya es importante.

Ahora bien, ¿qué pasa cuando además ese electrodoméstico es inteligente? Aquí es donde entra una segunda capa de ahorro interesante. La conectividad permite programar el uso en horas más baratas, ajustar el consumo o recibir avisos que ayudan a usarlo mejor. Aunque has de tener en cuenta que el grueso del ahorro viene de la eficiencia base, no tanto de la “inteligencia”. Si puedes combinar ambas funcionalidades, eficiencia e inteligencia, es el ahorro máximo.

Ahora vienen las malas noticias, el ahorro real depende más del uso que hagas del electrodoméstico que de la tecnología que integre.

Las etiquetas energéticas y los ensayos de laboratorio se hacen en condiciones estándar. En casa, la historia cambia. Influyen factores como cuántas veces lo usas, con qué carga, qué programas eliges y hasta tus propios hábitos diarios. Por eso, un electrodoméstico inteligente solo ahorra de verdad cuando la conectividad sirve para optimizar el uso, no solo para añadir funciones curiosas.

¿En qué electrodomésticos se nota más la diferencia de ahorro?

En términos generales, los estudios y pruebas en hogares reales muestran estos patrones:

  • Lavadoras y lavavajillas

En estos electrodomésticos es donde el ahorro suele ser más evidente. Gracias a sensores de carga, ajustes automáticos de agua y temperatura y selección inteligente de ciclos, el consumo puede reducirse entre un 10 % y un 20 %, siempre que se usen programas eficientes y cargas adecuadas. Si se usan mal, el ahorro se diluye.

  • Secadoras

Los modelos con sensores de humedad evitan secar la ropa más tiempo del necesario. En la práctica, el ahorro suele estar entre el 10 % y el 15 %, aunque depende mucho de la frecuencia de uso y del tipo de secado que se elija.

  • Frigoríficos

Aquí el margen es menor ya que funcionan las 24 horas y la eficiencia ya está muy optimizada. La conectividad ayuda con pequeños ajustes, avisos o una gestión térmica más fina, pero lo habitual es que el ahorro sea inferior al 10 %.

Si quieres calcular el consumo aproximado por cada uno de los electrodomésticos que tienes en casa, te recomendamos que eches un vistazo a esta herramienta que hemos encontrado, a mi personalmente me ha impactado la comparativa de consumo anual entre mi placa de inducción y la lavadora, ya tengo claro qué electrodoméstico me genera más gasto. (Haz click en la imagen)

Calculadora de consumo energía electrodomésticos inteligentes

Mi conclusión es que la inteligencia no está solo en el electrodoméstico

Después de todo este recorrido, la respuesta corta sería: sí, los electrodomésticos inteligentes pueden ayudar a ahorrar energía, pero la respuesta honesta es un poco más incómoda.

La tecnología, por sí sola, no hace milagros. Un electrodoméstico inteligente no es eficiente porque tenga WiFi, sensores o una app bonita. Es eficiente cuando nos obliga —o al menos nos invita— a mirar cómo consumimos, cuándo lo hacemos y por qué. La verdadera diferencia no está tanto en el chip como en el comportamiento que ese chip provoca.

El mayor salto en ahorro se basa en la eficiencia. Sustituir un electrodoméstico antiguo por uno moderno y eficiente reduce el consumo de forma clara y directa. La inteligencia añade una capa extra, más sutil, que puede optimizar ese consumo o dejarlo igual si no se usa bien.

Quizá la pregunta correcta no sea si los electrodomésticos son inteligentes, sino si lo somos nosotros al usarlos. Porque en un contexto de precios energéticos volátiles, recursos limitados y crisis climática, cada decisión cotidiana cuenta. Y ahí, más que neveras que piensan solas, necesitamos hogares conscientes.

Y como casi siempre en sostenibilidad, el mayor ahorro no empieza en el enchufe, sino en la cabeza.

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