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Día Internacional de los Bosques 2026: el valor económico que no aparece en ninguna cuenta

Hemos perdido un tercio de los bosques del planeta en 10.000 años y, aunque algunos países avanzan, la presión sobre los ecosistemas más valiosos sigue creciendo


Hay una paradoja en el corazón de la situación forestal actual que vale la pena enunciar sin rodeos. Muchos países que consideramos avanzados en materia ambiental tienen hoy más bosque que hace décadas, y al mismo tiempo contribuyen activamente a destruir los bosques de otros países.

España tiene más superficie arbolada que en ningún momento de los últimos cien años. Europa, en su conjunto, lleva décadas recuperando masa forestal. Y sin embargo, una parte significativa de la deforestación tropical está impulsada por la demanda de carne, soja y aceite de palma que generan los consumidores de países ricos.

Eso no invalida el progreso. Pero obliga a leerlo con más cuidado.

Este 21 de marzo se celebra el Día Internacional de los Bosques 2026 en Madrid bajo el lema «Bosques y economías», este hecho propone precisamente esa lectura más exigente: no solo cuántos bosques tenemos, sino qué vale, para qué sirve y quién paga cuando desaparecen.

Diez mil años de historia en un dato

Hace 10.000 años, al final de la última gran glaciación, el 57 % de la superficie habitable del planeta estaba cubierta de bosque. Hoy, según los datos actualizados de Our World in Data y la FAO, esa cifra es del 38 %. Hemos perdido un tercio de los bosques del mundo: unos 2.000 millones de hectáreas, una superficie dos veces el tamaño de Estados Unidos.

La aceleración es lo más revelador. Durante los primeros 5.000 años de ese período, la pérdida fue relativamente modesta: la población era pequeña y, aunque la productividad agrícola era baja y la demanda de leña enorme, el peso demográfico aún lo permitía.

En menos de cien años se perdió una parte desproporcionada de todo el bosque que la humanidad ha destruido a lo largo de su historia

El giro radical llegó en el siglo XIX y, sobre todo, en el XX. En menos de cien años se perdió una parte desproporcionada de todo el bosque que la humanidad ha destruido a lo largo de su historia. Lo que tardó nueve milenios en crecer y desarrollarse, se eliminó en solo cien años.

La causa no fue la urbanización. Las ciudades ocupan apenas el 1 % de la superficie habitable a nivel mundial. La causa principal fue, y sigue siendo, la agricultura: campos de cultivo y, sobre todo, pastos para ganado.

El problema de los incentivos a la tala

El 31 % de toda la superficie habitable del planeta es hoy tierra de pasto para ganado. Según Our World in Data, esa extensión equivale a toda América, de Alaska hasta Tierra del Fuego. La razón es porque producir proteína animal requiere entre 10 y 100 veces más tierra que producir la misma cantidad de calorías a partir de cultivos vegetales.

En Brasil, la expansión ganadera explica la mayor parte de la deforestación amazónica. Y alrededor del 12 % de esa deforestación tropical está impulsada directamente por la demanda de países de renta alta, es la llamada deforestación importada (imported deforestation).

El consumidor europeo que come carne de vacuno o aceite de palma está financiando la destrucción de los ecosistemas más biodiversos del planeta.

La deforestación persiste porque sus beneficios son privados e inmediatos, y sus costes son públicos y diferidos. El que tala gana tierra hoy. La sociedad paga la sequía, el carbono liberado y la biodiversidad perdida durante décadas.

El otro gran factor histórico fue el uso de la madera como energía. Todavía hoy, aproximadamente la mitad de la madera extraída globalmente se destina a producir energía, principalmente para cocinar y calentarse en hogares sin acceso a fuentes modernas. En buena parte del continente africano, el consumo de leña es el principal motor de degradación forestal.

Mientras el desajuste entre costes y beneficios no se corrija —con regulación, con precios del carbono que reflejen el daño real, con mecanismos como REDD+ que retribuyan la conservación— el incentivo estructural a seguir talando permanece intacto.

Día Internacional de los Bosques 2026 - La deforestación es un problema crítico
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Hay países que ya lo lograron

La narrativa del desastre inevitable no resiste el análisis de los datos. Docenas de países han revertido la tendencia. Francia, Japón, Estados Unidos, Vietnam, Costa Rica, India o China tienen hoy más bosque que hace tres décadas. Este fenómeno tiene nombre: transición forestal, el punto de inflexión en que un país pasa de perder masa forestal a ganarla.

¿Qué lo hizo posible? Esencialmente, dos cambios tecnológicos:

  1. Agricultura más productiva, que permite producir más alimento en menos tierra
  2. Acceso a energías modernas, que reduce la demanda de leña

Cuando el rendimiento por hectárea sube, se necesita menos suelo para alimentar a la misma población. Cuando el gas o la electricidad llegan a los hogares, los árboles dejan de ser combustible.

Los bosques templados del hemisferio norte llevan décadas creciendo en superficie. La tasa global de deforestación, que alcanzó su pico en los años 80, se ha reducido a aproximadamente la tercera parte de aquel máximo. El reto ahora es extender esa reversión a los trópicos, donde se concentra la mayor biodiversidad del planeta y donde la deforestación continúa, aunque a menor ritmo que hace cuarenta años.

En COP26 en Glasgow, países con el 85 % de los bosques del mundo se comprometieron a detener la deforestación en 2030. Si la tendencia actual continúa, podríamos ver por primera vez en milenios un balance neto positivo de bosques a escala global.

Esa media ocultaría una realidad incómoda: la pérdida seguiría concentrándose en los ecosistemas tropicales más valiosos. Los números globales pueden mejorar mientras los ecosistemas que más importan siguen retrocediendo.

Países que ganan y pierden superficie forestal en el mundo

Este mapa representa la variación neta de la superficie forestal a escala mundial. Los países señalados en verde registran un aumento de sus bosques, ya que la superficie recuperada supera a la perdida. En cambio, los países marcados en rojo experimentan un retroceso forestal, al perder más masa forestal de la que consiguen restaurar.

España tiene más árboles, pero no necesariamente más resistentes frente al cambio climático

El caso español ilustra bien la paradoja de apertura. Según los datos más recientes del MITECO y la FAO (FRA 2025), la superficie forestal española supera los 28 millones de hectáreas, más del 56 % del territorio nacional. Los bosques arbolados —la categoría comparable internacionalmente al concepto de forest— alcanzan los 18,5 millones de hectáreas, el 37 % del territorio, y llevan décadas en expansión. España es el tercer país de la Unión Europea con mayor superficie de bosque arbolado, solo por detrás de Suecia y Finlandia.

Pero una parte significativa de esa expansión no es el resultado de políticas activas de reforestación, sino del abandono del campo: terrenos agrícolas que dejan de cultivarse y se arbolan de forma natural, generando bosques jóvenes y densamente poblados. Y ahí está el problema, esos bosques, sin gestión activa, acumulan gran cantidad de combustible vegetal. Son, en muchos casos, más vulnerables a los incendios que los bosques maduros gestionados.

En 2024, la superficie quemada en España fue un 48 % menos que la media de la última década

Más superficie no equivale a más resiliencia. En 2024, la superficie quemada en España fue de unos 44.000 hectáreas —un 48 % menos que la media de la última década, una buena noticia relativa que no debe ocultar el problema estructural de fondo.

El sector agroalimentario español, profundamente vinculado al territorio rural y a los ecosistemas mediterráneos, es uno de los más directamente expuestos a las consecuencias de esta fragilidad.

Lo que no vemos, el valor económico real del bosque

El lema «Bosques y economías» del Día Internacional de los Bosques 2026 apunta a un nudo conceptual que conviene deshacer con precisión, los bosques generan un valor económico inmenso que, sistemáticamente, no aparece en las cuentas nacionales.

Según el análisis del Foro Económico Mundial, más de la mitad del PIB mundial —aproximadamente 44 billones de dólares (44 millones de millones)— procede de sectores que dependen de forma moderada o alta de la naturaleza y sus servicios ecosistémicos, según una metodología basada en exposición sectorial a riesgos naturales. Construcción, agricultura, alimentación, agua potable, salud, todos funcionan sobre una infraestructura natural que damos por descontada hasta que falla.

Los bosques almacenan, según la FAO (FRA 2020), 662.000 millones de toneladas de carbono —no de CO2, sino de carbono elemental (C)— distribuidas entre biomasa viva, suelo orgánico, madera muerta y hojarasca. Eso es más de la mitad de todo el carbono almacenado en suelos y vegetación terrestres. Regulan el ciclo del agua, frenan la erosión, sostienen la biodiversidad agrícola y moderan temperaturas locales. Ninguno de estos servicios aparece en el balance de quien tala. Sí aparecen, tarde, en el balance de quien sufre la sequía que vino después.

Más del 25 % de la población mundial dependen directamente de los recursos forestales para sus medios de vida

La FAO estima que 1.600 millones de personas —más del 25 % de la población mundial— dependen directamente de los recursos forestales para sus medios de vida. En muchas economías rurales, el bosque es banco, despensa y farmacia a la vez. Pero ese valor no aparece en el PIB nacional mientras el árbol esté en pie.

Un modelo económico que solo valora el bosque por la madera que produce o la tierra que libera al talarlo está tomando, sistemáticamente, decisiones irracionales. El coste no desaparece, se traslada al futuro y lo pagan otros.

La bioeconomía forestal —madera de construcción, biomasa, productos no madereros, captura de carbono, turismo de naturaleza— y la regulación europea de productos libres de deforestación (EU Deforestation Regulation, en vigor desde 2023) representan dos caminos complementarios para corregir ese desajuste. Uno crea mercado para el bosque en pie, el otro penaliza el bosque destruido que llega a los estantes europeos como carne, soja, aceite de palma o cacao.

La pregunta no es si es posible, sino si llegaremos a tiempo

La historia de los bosques en los últimos 10.000 años es una historia de pérdida. Pero también, en los últimos 40 años, de desaceleración de esa pérdida. Y en muchos países, de reversión.

Si la tendencia actual continúa, podríamos ser la primera generación en lograr que el balance neto global de bosques sea positivo. Pero ese dato agregado puede ocultar lo más importante, si la pérdida sigue concentrándose en los trópicos, el planeta habrá ganado plantaciones de pinos en Finlandia a cambio de selva primaria en el Congo o en la Amazonía. No es lo mismo.

La transición forestal global es posible. Las herramientas existen: productividad agrícola, energías modernas, regulación comercial, pagos por servicios ecosistémicos. Lo que falta no es tecnología. Es coherencia entre lo que declaramos en las cumbres y lo que realmente sucede.

Los bosques tropicales no esperan.

Por último recordar que el 22 de marzo, es el Día Mundial del Agua. Uno de los servicios que prestan los bosques que no aparece en ninguna cuenta es precisamente este: regular el ciclo hidrológico, recargar acuíferos y proteger las cuencas que abastecen a ciudades y regadíos. Los dos días están más conectados de lo que parece.

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