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Día Mundial del Agua 2026: el recurso que nos sostiene está bajo presión

España vive una brecha hídrica creciente entre el norte y el sur en un contexto global donde el consumo de agua dulce se ha multiplicado por seis en un siglo y la presión sobre el recurso no deja de aumentar


¿Sabías que hay cuencas hidrográficas en el sureste de España donde los embalses han llegado a operar al 16 % de su capacidad?. Mientras en esas mismas semanas, los embalses del Cantábrico superaban el 83 %. No es un dato abstracto, es la decisión de riego de un agricultor de Murcia frente a la de uno de Asturias, con las mismas lluvias cayendo sobre el mismo país.

En el Día Mundial del Agua 2026 sabemos que España no tiene un problema de agua. Tiene dos: Demasiada en el norte, demasiada poca en el sur.

Y el cambio climático está ensanchando esta brecha sobre una estructura de demanda que, en muchas cuencas deficitarias, sigue creciendo.

En 53 países, mujeres y niñas dedican 250 millones de horas al día a recoger agua

Este 22 de marzo, un día después del Día Internacional de los Bosques —que nos recordó cómo los ecosistemas forestales regulan el ciclo del agua que bebemos y con la que regamos—, el Día Mundial del Agua 2026 nos convoca a pensar sobre el recurso que sostiene la agricultura, la industria, la energía y la vida urbana.

Su lema oficial es «Agua y género», y los datos que lo sustentan son graves: en 53 países, mujeres y niñas dedican 250 millones de horas al día a recoger agua. Esa injusticia merece atención propia.

Pero hay una crisis más amplia debajo. Una que afecta a economías enteras, a sistemas alimentarios globales y, de manera muy concreta, al modelo productivo de las regiones más dinámicas de la España rural.

Seis veces más agua en un siglo: la presión que no para

Hace cien años, la humanidad consumía seis veces menos agua dulce que hoy. Según Our World in Data, el uso global de agua dulce se multiplicó por seis a lo largo del siglo XX y sigue creciendo, aunque a menor ritmo desde el año 2000. La agricultura concentra en torno al 70 % de todas las extracciones de agua dulce del planeta. Le siguen la industria, con alrededor del 20 %, y el uso doméstico, con el 10 % restante.

El problema no es solo cuánta agua usamos, sino cuánta queda disponible. Dos mediciones, con metodologías y períodos distintos, apuntan en la misma dirección: los datos de AQUASTAT 2025 de la FAO registran una caída del 7 % en la disponibilidad de agua renovable por persona en la última década, como resultado combinado del crecimiento demográfico, el cambio en los patrones de precipitación y la sobreexplotación de acuíferos; una estimación anterior de la propia ONU sitúa esa reducción en el 20 % a lo largo de los últimos veinte años. Las diferencias reflejan los períodos analizados, no es una contradicción, la tendencia es inequívoca.

De todo el agua del planeta, apenas menos del 1% es dulce y accesible para el consumo humano, la agricultura o la industria. El resto es salada, está atrapada en hielos polares o en acuíferos demasiado profundos para ser explotados de forma viable. La presión sobre esa fracción no deja de crecer.

Según el World Resources Institute, 25 países que albergan a una cuarta parte de la población mundial enfrentan estrés hídrico extremo cada año, consumiendo regularmente más del 80 % de su suministro de agua disponible.

Al menos 4.000 millones de personas —más de la mitad de la humanidad— viven bajo condiciones de escasez severa de agua durante al menos un mes al año.

Uso mundial del agua dulce a largo plazo

El agua que comemos, el vínculo invisible con la alimentación

Hay un dato que reencuadra la discusión sobre el agua de forma radical: producir un kilo de carne de vacuno requiere entre 5.000 y 20.000 litros de agua, dependiendo del sistema de producción y la región.

La cifra incluye las denominadas:

  • Agua verde: precipitaciones que alimentan pastos y forraje, sin coste de extracción
  • El agua azul: la que se extrae de ríos y acuíferos para riego
  • El agua gris: la necesaria para diluir los contaminantes generados

En sistemas ganaderos extensivos, la mayor parte es agua verde. Pero en sistemas intensivos o en regiones áridas donde los cultivos de pienso necesitan riego, el componente de agua azul puede ser dominante.

La huella hídrica de los alimentos no es uniforme

La huella hídrica de los alimentos no es uniforme, y las dietas ricas en proteína animal multiplican la presión sobre los recursos hídricos escasos de forma muy desigual según dónde se producen.

Esto explica por qué la agricultura es, con mucho, el mayor consumidor de agua dulce en casi todas las regiones del mundo: no se trata solo de beber o ducharse. Y por qué cualquier estrategia seria de gestión hídrica tiene que pasar por la eficiencia en el riego y la huella hídrica de los sistemas alimentarios, no solo por las tuberías urbanas.

La UNESCO estima que aproximadamente la mitad de la población mundial experimenta escasez severa de agua durante al menos parte del año. Los déficits hídricos se asocian además con aumentos en los flujos migratorios. El análisis citado identificó una correlación del 10 % entre déficits de agua y migración entre 1970 y 2000, aunque la relación es compleja y multifactorial.

Aumento de las extracciones de agua para diferentes sectores de 1960 a 2014

Día Mundial del Agua 2026 - Correlación entre el déficit de agua y la migración
Fuente: Unesco

España, un país partido en dos, con una grieta que se ensancha

Pocas realidades ilustran la crisis hídrica con más claridad que el mapa de embalses españoles en un año de sequía. Al norte, sistemas en verde. Al sur y al este mediterráneo, sistemas en rojo. La brecha no es nueva, pero el cambio climático la está agrandando sobre una estructura que, en algunos aspectos, la profundiza.

En España, el ciclo hidrológico extremo ya tiene nombre cotidiano: DANA. El mismo fenómeno que vacía los embalses del Segura durante meses puede inundar Valencia en horas. No es falta de agua, es agua en el lugar equivocado, en el momento equivocado, sobre un territorio que no ha terminado de adaptar su modelo de demanda a esa realidad.

Según WWF España, 27 millones de españoles podrían vivir en zonas de estrés hídrico en 2050 si no se toman medidas estructurales. El WRI señala a Sevilla, Granada, Córdoba y Murcia como las ciudades europeas con mayor riesgo proyectado de escasez a mitad de siglo.

Y aquí está la tensión que el debate hídrico español elude con demasiada frecuencia: España es uno de los países más tecnificados en riego de Europa y, al mismo tiempo, amplía su superficie de regadío en cuencas con déficit estructural. La sobreexplotación de acuíferos —con hasta un millón de pozos ilegales estimados, según WWF— y la persistencia de conflictos territoriales por los trasvases dibujan un sistema bajo una presión que no se resuelve solo con tecnología de riego más eficiente.

El sector agroalimentario español, que concentra alrededor del 80 % de las extracciones de agua en las cuencas más tensionadas —porcentaje que mide extracciones, no consumo neto, ya que parte del agua retorna al sistema—, está en el epicentro de esta tensión. La eficiencia hídrica ha mejorado notablemente en las últimas décadas gracias a la tecnificación, pero la eficiencia por hectárea no puede convivir con un incremento del consumo total si la superficie regada crece más deprisa que el ahorro por unidad.

España tiene, eso sí, algo que pocos países tienen, una red de planificación hidrológica por cuencas con casi un siglo de historia, desde que en 1926 se creó la Confederación Sindical Hidrográfica del Ebro, primera institución de gestión integrada del agua por cuenca en el mundo. Esa arquitectura institucional es un activo real. La pregunta es si la voluntad política de usarla está a la altura del desafío.

El agua como infraestructura económica invisible

Hay un paralelismo directo con la discusión que mantuvimos sobre los bosques: el agua, como los árboles, es infraestructura económica que no aparece en los balances hasta que falta.

El WRI estima que no implementar políticas de gestión del agua podría suponer pérdidas de entre el 7 % y el 12 % del PIB en India, China y Asia Central para 2050, y del 6 % en gran parte de África.

Para España, el riesgo se traduce de forma más directa, el sector agroexportador —hortaliza, fruta, aceite— depende de cuencas que ya operan bajo estrés. Un deterioro sostenido de la disponibilidad hídrica en el sureste peninsular no sería solo un problema ambiental, sino un impacto económico cuantificable sobre uno de los motores de la balanza comercial española.

La buena noticia —relativa, pero real— es que según el propio WRI, abordar los desafíos globales del agua costaría alrededor del 1 % del PIB mundial, unos 29 céntimos por persona al día entre 2015 y 2030. No es un problema de recursos. Es un problema de prioridad política.

El coste de gestionar bien el agua es una fracción del coste de no hacerlo. Lo que falta, según el WRI, no es tecnología ni dinero: es voluntad política sostenida.

Las soluciones existen y en algunos casos España ya las está aplicando a escala significativa. España es el primer país de Europa en reutilización de agua depurada, con una tasa cercana al 11 % frente a la media europea del 2,4 %, según datos del sector hídrico español.

Almería es el caso más avanzado: los sistemas de depuración, ozonización y microfiltrado de la Vega de Almería y el Bajo Andarax permiten que agua tratada vuelva a los campos hortícolas en lugar de verterse al mar.

Es, además, un campo de investigación aplicada con décadas de historia: las publicaciones técnicas de Cajamar sobre reutilización de aguas depuradas para riego documentan ese recorrido desde los años noventa.

La desalinización —España es el cuarto país del mundo por capacidad instalada, según el Ministerio de Agricultura— completa el cuadro de fuentes no convencionales que ya operan en las zonas más tensionadas.

Y, de nuevo el vínculo con los bosques, la reforestación de cuencas hidrográficas mejora la regulación del ciclo del agua, reduce la escorrentía y recarga acuíferos. Son sistemas interdependientes.

Lo que el lema de este año dice entre líneas

«Agua y género» no es un slogan vacío. Detrás hay una realidad documentada: cuando el acceso al agua falla, son las mujeres y las niñas quienes asumen la carga. En dos de cada tres hogares sin agua potable del mundo, son ellas quienes la recogen. En 53 países, ese trabajo no remunerado consume 250 millones de horas diarias. Horas que no se dedican a educación, a trabajo remunerado, a descanso.

Pero hay algo más en ese lema que no suele decirse: cuando las mujeres participan en la gestión del agua, los sistemas funcionan mejor. La evidencia acumulada en comités de gestión hídrica, desde comunidades rurales en África hasta sistemas de riego en América Latina, apunta en la misma dirección: mayor equidad en la distribución, menos conflicto y más resiliencia frente a eventos extremos.

No es solo una cuestión de justicia. Es una cuestión de eficiencia que el sector hídrico global todavía infravalora a escala mundial, las mujeres representan poco más de una quinta parte de la fuerza laboral del sector.

Lo que 2050 ya tiene decidido

Si las tendencias actuales se mantienen, 27 millones de españoles vivirán en zonas de estrés hídrico en 2050. En Asia y África, las pérdidas de PIB por gestión insuficiente del agua podrían alcanzar entre el 6 % y el 12 % para esa misma fecha. El 60 % de la agricultura de regadío mundial ya opera bajo estrés hídrico extremo, incluyendo cultivos esenciales como el trigo, el arroz y el maíz.

Esas cifras no son proyecciones especulativas: son el resultado de decisiones que ya se están tomando —o no tomando— hoy. La planificación hidrológica, la política agrícola, la ordenación del territorio y la adaptación climática son cuatro políticas que rara vez se gestionan de forma verdaderamente integrada. Sin esa coherencia, las soluciones parciales desplazan el problema en el tiempo o en el espacio, pero no lo resuelven.

El agua, como los bosques, no aparece en ninguna cuenta hasta que falta. Y cuando falta, el precio lo pagan primero quienes menos poder tienen para evitarlo.

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