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El gran reto de la logística verde, descarbonizar el transporte de mercancías

La logística mueve la economía global, pero descarbonizarla es hoy más urgente y más complejo que nunca


Cada vez que compramos algo online, cada vez que un supermercado recibe productos frescos, cada vez que una fábrica recibe componentes para fabricar, hay un sistema logístico detrás que mueve mercancías por carretera, mar, tren o avión. Ese sistema, invisible para la mayoría, se estima que representa en torno al 20-25 % de las emisiones energéticas globales. Sin descarbonizarlo, la transición climática será imposible. Pero a inicios de 2026, hacerlo es más complicado que nunca. No solo por limitaciones técnicas o económicas, sino porque el mundo se está fragmentando geopolíticamente justo cuando más coordinación internacional necesitamos.

¿Qué es la logística verde y por qué importa tanto para el clima?

La logística en sí, es el conjunto de procesos que permite mover mercancías desde su origen hasta su destino, incluye el transporte, el almacenamiento, la gestión de inventarios y las operaciones de carga y descarga. No es un sector secundario, es la infraestructura física que hace posible la economía globalizada. Sin logística eficiente, la producción industrial moderna sería inviable. La logística verde se encarga de hacer sostenible este sector.

La logística representa entre el 10 % y el 15 % del PIB mundial

Según la Agencia Internacional de la Energía, la logística moviliza anualmente más de 11.000 millones de toneladas de mercancías por mar y volúmenes equivalentes por tierra. Representa entre el 10 % y el 15 % del PIB mundial. Y genera emisiones equivalentes a las de sectores enteros como la industria química o el acero.

Aquí está el problema que queremos destacar, sin transformar la logística, no podemos descarbonizar la economía. Aunque otros sectores reduzcan sus emisiones, las cadenas de suministro seguirán incorporando carbono en cada producto que se mueve. Por eso la logística actúa como multiplicador climático, el cual amplifica o reduce el impacto de todos los demás sectores.

La logística no es solo un sector emisor, es el multiplicador climático de toda la economía productiva

El primer gran obstáculo es que no hay una solución tecnológica única

A diferencia de la electricidad —donde las renovables ya funcionan y son competitivas—, en logística no existe una solución tecnológica que sirva para todo. Y eso complica enormemente la transición hacia una logística verde.

Electrificación: sí, pero solo para distancias cortas

Los camiones y furgonetas eléctricas funcionan bien cuando se trata de transportar mercancías de última milla urbana, entregas en ciudades, flotas con rutas predecibles y cortas. Empresas como Amazon han desplegado decenas de miles de vehículos eléctricos en colaboración con Rivian. BloombergNEF documenta que estos vehículos ya son competitivos en coste total de propiedad en mercados urbanos.

Pero las baterías actuales no sirven para transporte pesado de larga distancia. No tienen suficiente densidad energética para mover un camión cargado 800 kilómetros o un barco portacontenedores cruzando el Atlántico. Y en aviación, directamente, la electrificación no es viable con la tecnología actual.

Ventas mundiales de vehículos eléctricos:

Ventas mundiales de vehículos eléctricos

Las alternativas todavía no están listas

Para el transporte pesado se están desarrollando combustibles alternativos como el hidrógeno verde, el metanol renovable o el combustibles sostenibles de aviación (SAF). Pero en este caso el problema es triple:

  1. No están disponibles a escala comercial
  2. Cuestan entre el doble y el triple que los combustibles fósiles
  3. Requieren infraestructuras nuevas que aún no existen

La hoja de ruta Net Zero de la IEA reconoce que, incluso en escenarios optimistas, el transporte pesado de larga distancia seguirá dependiendo de combustibles líquidos hasta al menos 2040.

Para resumir, la tecnología verde aplicada a la logística existe o está en desarrollo, pero no estará lista ni será barata a corto plazo.

Segundo obstáculo, la geopolítica lo complica todo

Si la tecnología fuera el único problema, sería manejable, se invierte, se espera, se escala. Pero durante 2025 y lo que llevamos de 2026 ha aparecido un factor que nadie anticipaba que fuese tan intento, la fragmentación geopolítica del sistema comercial global.

Guerras arancelarias que cambian las reglas constantemente

La administración Trump impuso en febrero de 2025 aranceles del 25 % sobre importaciones de México y Canadá, y durante el último año ha mantenido amenazas constantes de ajustes sobre productos chinos y europeos. Cada decisión política altera rutas comerciales, obliga a renegociar contratos y mantener inventarios más altos. Y mantener más inventarios significa más almacenes, más transporte, más emisiones.

Según el informe de WTW sobre riesgos logísticos en 2025, más de dos tercios de los operadores identifican las disputas comerciales como uno de los mayores riesgos a los que se enfrentan. La volatilidad no viene solo de los aranceles, sino de su imprevisibilidad. A inicios de 2026, esta tendencia no solo se mantiene, si no que se intensifica.

Conflictos que obligan a rediseñar rutas marítimas

Los ataques en el mar Rojo que comenzaron a finales de 2023 se han convertido en un problema estructural. Durante todo 2025, las principales navieras evitaron el canal de Suez y dieron la vuelta por el cabo de Buena Esperanza. Esta nueva reestructuración de rutas sumó dos semanas de tránsito hacia Europa, más combustible, más emisiones, costes de seguros disparados.

Cada incidente —un puerto bloqueado, una escalada regional— genera un efecto dominó en tres continentes. Estamos en marzo de 2026 y no hay señales de que vaya a estabilizarse.

La estrategia «China Plus One»: más rutas, más complejidad

Empresas globales están diversificando la producción hacia India, Vietnam, México o Polonia para reducir dependencia de China. Esta medida es una estrategia prudente desde el punto de vista de riesgo geopolítico. Pero logísticamente significa:

  • Nuevos corredores de transporte aún no consolidados
  • Infraestructuras inmaduras
  • Mayor fragmentación de flujos (menos consolidación de carga = más emisiones)

Un solo incidente geopolítico —un bloqueo portuario, un ajuste arancelario— puede alterar rutas y tarifas en cuestión de días

Logística Verde - Fases del transporte de mercancías y emisiones por fase

La contradicción que paraliza la transición verde

Aquí está el problema central: descarbonizar la logística requiere inversiones de 20 años, pero la volatilidad geopolítica incentiva decisiones reversibles en 2 años.

Construir una red de estaciones de recarga para camiones eléctricos cuesta cientos de millones y tarda años en amortizarse. Desarrollar infraestructuras portuarias para hidrógeno verde requiere coordinación público-privada y horizontes de retorno largos. Convertir una flota de barcos a metanol verde exige contratos de suministro a décadas.

Pero ¿cómo justificar una inversión de 20 años cuando no sabes si las rutas comerciales seguirán siendo viables dentro de 5 años? Esta pregunta aparece cada vez más en comités de inversión de operadores logísticos. Y explica por qué muchas decisiones de descarbonización estructural se postergan en favor de soluciones tácticas y reversibles.

La urgencia climática exige inversiones de 20 años; la volatilidad geopolítica incentiva decisiones de 2 años. Esta contradicción paraliza la descarbonización profunda

¿Qué está funcionando? Las soluciones operativas que no dependen de geopolítica

No todo son malas noticias. Hay tres palancas de descarbonización que avanzan con certidumbre porque no dependen de coordinación internacional ni de horizontes de inversión larguísimos:

1. Electrificación urbana: ya es viable y competitiva

En última milla urbana, flotas de distribución local, operaciones en plataformas logísticas, la electrificación funciona hoy con tecnología madura y costes competitivos. El problema no es técnico ni económico, el problema es organizativo y de acceso a financiación.

Amazon, DHL, UPS y otros grandes operadores ya tienen miles de vehículos eléctricos operando. Los aprendizajes son transferibles a operadores más pequeños si se diseñan instrumentos de financiación adecuados.

2. Cambio modal: del camión al tren o al barco

El transporte ferroviario y marítimo de corta distancia emite entre 3 y 10 veces menos CO2 por tonelada-kilómetro que la carretera, según la Agencia Europea de Medio Ambiente.

Trasladar carga del camión al tren es la medida con mayor reducción de emisiones por euro invertido. El problema no es tecnológico, es de infraestructuras intermodales (donde se pasa mercancía de un modo a otro) y de coordinación entre operadores.

3. Digitalización y eficiencia operativa

Optimización de rutas en tiempo real, reducción de viajes en vacío, gestión predictiva de inventarios. McKinsey estima que estas medidas pueden reducir entre un 10 % y un 15 % las emisiones sin grandes inversiones físicas.

La logística verde suele ser, en primera instancia, la más eficiente. Y la eficiencia operativa no depende de estabilidad geopolítica

Estas tres palancas tienen algo en común, que no dependen de acuerdos internacionales, son reversibles si algo falla, y generan retornos inmediatos. Por eso avanzan incluso en un contexto de alta volatilidad.

Casos reales que ya están poniendo en práctica los grandes operadores

Maersk: el primero en apostar por metanol verde

La naviera danesa ha puesto en operación desde 2023 los primeros portacontenedores propulsados por metanol verde, con el objetivo de llegar a la neutralidad climática en 2040. Usa motores duales (metanol + combustible convencional) para reducir riesgo técnico.

Pero existe un problema, la producción de metanol verde es todavía marginal y carísima. La transición completa de su flota requerirá décadas, no años. Es un avance importante, pero no es escalable a corto plazo para todo el sector marítimo.

DHL: compromisos verificables con plazos concretos

DHL combina electrificación de última milla, uso progresivo de combustibles sostenibles de aviación (SAF) y optimización digital. Su programa GoGreen establece objetivos de cero emisiones netas en 2050, con hitos verificados externamente cada 5 años.

Esta arquitectura de compromisos escalonados reduce el riesgo de greenwashing al vincular estrategia con métricas auditables.

Puerto de Róterdam: descarbonización como proyecto territorial

El Puerto de Róterdam está desarrollando infraestructuras para hidrógeno y amoníaco verdes. Su modelo integra puerto, industria y redes energéticas para crear economías circulares locales.

Es replicable en hubs con masa crítica suficiente, pero no en puertos pequeños sin capacidad de inversión. Muestra que la descarbonización logística puede actuar como palanca de transformación territorial más amplia.

El papel del sector financiero: cómo hacer viables inversiones de largo plazo

Uno de los aspectos menos visibles de la logística verde es cómo se financia. Aquí el sector financiero tiene un papel muy importante.

La electrificación de una flota de reparto puede tener un retorno de 5-8 años, pero exige un desembolso inicial entre un 40 % y un 60 % superior al de una flota convencional. Para una empresa mediana con presión de resultados trimestrales, esa barrera puede ser insalvable sin apoyo externo.

Instrumentos que pueden ayudar:

  • Líneas de financiación concesional con plazos largos y tipos reducidos que alineen amortización con retorno real
  • Contratos por diferencia sobre combustibles alternativos, donde el sector público absorbe el diferencial de coste durante un periodo definido
  • Garantías públicas que faciliten acceso a financiación a operadores pequeños y medianos
  • Seguros de riesgo geopolítico que cubran disrupciones por conflictos o cambios regulatorios abruptos

Estos instrumentos no eliminan el coste de la transición, pero lo distribuyen de forma que no recaiga solo en los operadores menos capitalizados. Y eso evita que la descarbonización se convierta en una barrera de entrada que consolide oligopolios.

Para entidades financieras especializadas en economía productiva y territorio —como cooperativas de crédito con presencia en áreas logísticas (puertos, agroindustria exportadora)— identificar estos instrumentos puede ser tanto una contribución climática como una oportunidad de negocio en un segmento emergente.

Tres riesgos que nadie puede ignorar

1. Greenwashing logístico: mucha última milla, poco transporte oceánico

Existe un incentivo claro para concentrar esfuerzos en última milla urbana visible (furgonetas eléctricas, centros de distribución con paneles solares) mientras se postergan decisiones sobre transporte marítimo, aéreo o de larga distancia por carretera.

El problema es que la última milla representa una fracción pequeña de las emisiones totales. Los grandes volúmenes de emisiones están en el transporte de larga distancia. Sin transparencia en el reporte por modo de transporte, el riesgo de greenwashing sectorial es alto.

2. Apostar por la tecnología equivocada

No existe certeza sobre qué combustibles alternativos escalarán comercialmente: ¿hidrógeno? ¿metanol? ¿amoníaco? ¿SAF? Desarrollar todas simultáneamente sin coordinación internacional genera riesgo de inversiones en tecnologías que no prosperarán o de lock-in en soluciones subóptimas.

En términos simples: sin coordinación global, corremos el riesgo de invertir miles de millones en tecnologías que luego no se consoliden comercialmente.

3. Que la fragmentación geopolítica se cronifique

Si la volatilidad arancelaria y los conflictos regionales se mantienen durante años, las inversiones de largo plazo necesarias para descarbonizar simplemente no se harán. Los operadores seguirán priorizando flexibilidad táctica sobre transformación estructural. Y la ventana climática se cerrará.

¿Qué podemos esperar en los próximos años?

La descarbonización logística no será inmediata ni homogénea. Diferentes modos de transporte avanzarán a ritmos distintos:

  • Última milla urbana: puede electrificarse en 5-10 años
  • Transporte pesado por carretera: tardará 15-20 años (dependiendo de combustibles alternativos)
  • Transporte marítimo: transición de décadas (2030-2050)
  • Aviación: la más compleja, probablemente más allá de 2050 para descarbonización completa

Lo que está claro es que la transición ya está redefiniendo ventajas competitivas. Las empresas y territorios que anticipen esta transformación —identificando oportunidades, desarrollando capacidades, gestionando riesgos geopolíticos— ganarán resiliencia. Quienes la ignoren acumularán riesgos que tarde o temprano se materializarán en pérdidas de competitividad.

Conclusión: descarbonizar la logística es posible, pero exige coordinación que hoy no existe

La tecnología para descarbonizar la logística existe o está en desarrollo avanzado. El problema no es fundamentalmente técnico. El problema es económico, regulatorio y geopolítico:

  • ¿Cómo financiar inversiones intensivas en capital con retornos a largo plazo?
  • ¿Cómo establecer regulación coherente en un sector transfronterizo?
  • ¿Cómo coordinarse internacionalmente en un mundo que se fragmenta?

A inicios de 2026, estas preguntas son más difíciles de responder que nunca. La fragmentación geopolítica actúa como freno estructural a la descarbonización justo cuando más la necesitaríamos.

Pero hay margen para el optimismo moderado: las palancas operativas (electrificación urbana, cambio modal, digitalización) avanzan porque no dependen de coordinación internacional. Y el sector financiero puede diseñar instrumentos que hagan viables inversiones de largo plazo incluso en contextos de volatilidad.

La urgencia climática exige inversiones de 20 años; la volatilidad geopolítica incentiva decisiones de 2 años. Cerrar esa brecha es el desafío de la década

La logística verde no es solo un reto sectorial, es una condición necesaria para descarbonizar la economía global. Sin logística limpia, no hay transición climática posible. Y en 2026, hacerlo es más complicado —pero también más urgente— que nunca.

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