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ODS 13 Acción por el clima: qué sabemos, qué hacemos y por qué no es suficiente

El ODS 13 no avanza despacio por falta de ciencia ni de conciencia, sino porque transformar los sistemas que sostienen la economía global es mucho más difícil que seguir retrasando el cambio


El cambio climático se ha convertido en una de las palabras más repetidas de nuestro tiempo. Está en titulares, discursos políticos, estrategias empresariales y campañas de concienciación. Sin embargo, cuanto más hablamos de cambio climático, más lejos estamos de conseguir los objetivos que deberían frenarlo.

El ODS 13 – Acción por el clima se definió precisamente para pasar del discurso a la acción. Pero a mitad del periodo marcado por la Agenda 2030, la pregunta hoy en día ya no es solo qué dice el objetivo, sino por qué, con todo lo que sabemos y hacemos, seguimos sin llegar.

Este artículo intenta mostrar una visión realista de la situación global sobre el cambio climático y evaluar si las acciones que estamos llevando a cabo son suficientes o no, porque quizá el problema está en cómo entendemos el reto climático, en quién toma realmente las decisiones y en qué datos estamos usando para justificar (o retrasar) la acción.

¿Qué es el ODS 13 y por qué es clave para el resto de ODS?

El ODS 13 no es un objetivo aislado. Es el marco que condiciona el éxito o el fracaso del resto de ODS. Si no llegamos a establecer la estabilidad climática en el tiempo señalado:

  • No habrá seguridad alimentaria (ODS 2)
  • No habrá agua suficiente ni predecible (ODS 6)
  • No habrá ciudades habitables (ODS 11)
  • No habrá crecimiento económico sostenible (ODS 8)

La ONU define este ODS como la necesidad de adoptar medidas urgentes para combatir el cambio climático y sus efectos, tanto en mitigación, reduciendo emisiones, como en adaptación, prepararnos para impactos inevitables.

El problema es que, en la práctica, el ODS 13 se ha interpretado más como una narrativa de compromiso que como un cambio estructural profundo. Y eso puede tener sus consecuencias, porque sin un clima relativamente estable, se tambalean piezas básicas como son el agua, los alimentos, la salud, la economía, la ciudades. No es una opinión, es física aplicada a sociedades humanas.

¿Hay realmente cambio climático o estamos exagerando los datos?

Esta pregunta aparece cada vez más, y no conviene esquivarla, ya escribimos sobre el negacionismo y sus consecuencias en este artículo que recomendamos leer ¿Por qué no te convenzo?

La respuesta corta es sí, estamos inmersos en un cambio climático, y no es una anomalía de las estadísticas ni una variación natural que se pueda comparar con décadas pasadas. La diferencia no está solo en la temperatura media, sino en la velocidad y acumulación del cambio.

Algunos datos clave para darnos cuenta que no es un fenómeno recurrente si no que es un cambio anómalo importante son:

  • La temperatura media global sube y lo hace de forma sostenida, según Copernicus, programa europeo para la observación de la temperatura de la Tierra, 2024 fue el año más cálido registrado
  • Los últimos nueve años han sido los más cálidos desde que existen registros instrumentales
  • La concentración de CO2 supera las 420 ppm, niveles no vistos en al menos 3 millones de años

Pero el dato al cual debemos de prestar más atención es al conjunto de todos, no por separado, si los analizamos en conjunto podemos ver que nos ha llevad a tener océanos más calientes, pérdida de hielo, cambios en patrones de precipitaciones y aumento de fenómenos meteorológicos extremos.

Comparar con décadas anteriores sin contexto es un error frecuente. El clima siempre ha cambiado, sí. Lo que no había ocurrido antes es que una sola especie alterase el sistema climático global en apenas 150 años, y a una velocidad incompatible con la adaptación natural de muchos ecosistemas y la regeneración natural.

Copernicus, programa europeo para la observación de la temperatura de la Tierra. Gráfico que muestra la subida de temperatura de la Tierra año tras año

El verdadero problema del ODS 13 no es científico, es estructural

A menudo leo que se intenta excusar el retraso en ejecutar acciones a favor del clima como una cuestión de falta de conciencia, de información o incluso de interés social. Pero esa explicación se queda corta. Sinceramente creo que ya tenemos el conocimiento real de qué está ocurriendo con el clima, por qué y qué habría que hacer para reducir los riesgos.

El problema es otro, más profundo y menos visible, es la forma en la que están organizados nuestros sistemas económicos y de decisión.

Gran parte de la economía mundial sigue apoyándose en actividades que emiten grandes cantidades de gases de efecto invernadero, como la producción de energía con combustibles fósiles, el transporte basado en petróleo o ciertos procesos industriales.

No porque no existan alternativas técnicas, sino porque cambiar con rapidez implica asumir costes que no siempre son posibles. Retrasar el cambio, suele ser más sencillo y menos conflictivo… al menos durante un tiempo.

A esto se añade otro problema: lo que da beneficios rápidos no suele coincidir con lo que protege el clima a largo plazo. Mantener las cosas como están ofrece resultados inmediatos —crecimiento, estabilidad, beneficios económicos— mientras que actuar contra el cambio climático requiere tiempo y sus resultados no se ven enseguida. Por eso muchas decisiones se retrasan, funcionan en el corto plazo, pero empeoran el problema climático con el paso de los años.

Por último, existe una responsabilidad que se diluye con facilidad. Cuando el discurso se formula en términos de “todos somos responsables”, el foco acaba desplazándose hacia el comportamiento individual, mientras las decisiones estructurales —las que realmente determinan las emisiones— permanecen casi intactas. No porque haya mala fe, sino porque cambiar sistemas completos es mucho más complejo que cambiar hábitos personales.

Por eso, el ODS 13 no avanza despacio por falta de compromiso ciudadano ni por ausencia de datos. Avanza despacio porque transformar los sistemas que más emiten requiere tiempo, planificación y decisiones que no siempre son fáciles de asumir. Hacer visible esta realidad no es buscar culpables, sino entender por qué la acción climática es, ante todo, un reto de estructura y gobernanza.

El ODS 13 no avanza despacio por falta de ciencia ni de conciencia, sino porque transformar los sistemas que sostienen la economía global es mucho más difícil que seguir retrasando el cambio

Los datos en los que debemos fijarnos

Si queremos entender de verdad por qué el ODS 13 avanza tan despacio, debemos mirar los datos con calma. No para alarmar, sino para ver qué está ocurriendo de forma objetiva.

Para explicar de una forma sencilla como funciona el cambio climático, vamos a usar tres elementos que están directamente conectados como son la Causa, Acumulación y Efecto:

  • Causa: se emiten emisiones de gases de efecto invernadero, sobre todo CO2, procedentes de actividades humanas como la energía, el transporte o la industria
  • Acumulación: ese CO2 que se emite no desaparece, se va acumulando en la atmósfera y aumenta su concentración con el paso de los años
  • Efecto: el sistema climático responde a esa acumulación con un aumento de la temperatura global y cambios en el clima

Dicho de forma simple:

Emitimos más → se acumula más CO₂ → el planeta se calienta

El problema no es un dato aislado, sino una cadena causa–efecto que se mantiene en el tiempo.

En la siguiente tabla hemos recopilado de diferentes fuentes los datos desde 1990 hasta 2024 de estos tres factores:


Desde 1990, las emisiones globales de CO2 procedentes de combustibles fósiles y de la industria han pasado de unas 22,7 gigatoneladas anuales a más de 37 gigatoneladas en 2024, según el Global Carbon Budget. En paralelo, la concentración de CO2 en la atmósfera ha aumentado de 354 partes por millón a más de 421 ppm, de acuerdo con los registros continuos de Mauna Loa del NOAA Global Monitoring Laboratory.

Ese CO2 no desaparece, si no que como hemos comentado se acumula. Y el sistema climático responde. En el mismo periodo, la temperatura media global ha pasado de alrededor de +0,6 ºC sobre niveles preindustriales a +1,55 ºC en 2024, según los datos del Copernicus Climate Change Service y la Organización Meteorológica Mundial.

¿Cuál es la situación de España frente al ODS 13?

España no es uno de los países que más gases de efecto invernadero emite en términos absolutos, pero sí es uno de los territorios europeos más expuestos a los efectos del cambio climático. Su posición geográfica, entre el Atlántico y el Mediterráneo, y su clima ya de por sí seco en amplias zonas, hacen que cualquier alteración del sistema climático se note antes y con más intensidad.

En los últimos años, el calentamiento global se ha ido manifestando de forma más clara con olas de calor más frecuentes y prolongadas, sequías persistentes, inviernos irregulares y episodios de lluvias intensas concentradas en pocos días.

El estrés hídrico es uno de los factores más determinantes en España. La reducción de las reservas de agua y la mayor irregularidad de las precipitaciones afectan directamente a sectores clave como la agricultura, la energía o el turismo, y nos sitúan entre los países europeos más vulnerables a este tipo de impactos.

En el contexto global del ODS 13, España no es un actor marginal del problema, pero sí uno de los territorios donde los efectos del cambio climático ya forman parte del presente. Entender esta realidad es fundamental para abordar la acción climática no como una previsión futura, sino como una necesidad actual.

Proyectos en España alineados con el ODS 13

Si el mayor obstáculo del ODS 13, como hemos comentado antes, es estructural (cómo producimos energía, cómo gestionamos recursos o cómo nos preparamos ante impactos), entonces las acciones más interesantes para ejecutar no son gestos individuales, sino proyectos que actúan directamente sobre esos sistemas.

En España empiezan a aparecer iniciativas que no se limitan a reducir emisiones de forma aislada, sino que intentan cambiar las reglas del juego. Algunas lo hacen desde la energía, otras desde la adaptación al territorio. Estas son tres que ayudan a entender por dónde puede avanzar la acción climática real.

1. Hidrógeno verde en Puertollano: descarbonizar lo que no se puede electrificar

Uno de los grandes problemas estructurales del clima es la industria pesada, sectores que no pueden electrificarse fácilmente y que siguen dependiendo de combustibles fósiles. La planta de hidrógeno verde de Puertollano (Castilla-La Mancha) nace precisamente para atacar ese punto ciego.

Aquí, la electricidad renovable se utiliza para producir hidrógeno sin emisiones, destinado a sustituir combustibles fósiles en procesos industriales.

2. H2Med: conectar energía limpia con la economía europea

Otro cuello de botella estructural es la desconexión entre dónde se genera energía renovable y dónde se consume. H2Med, el corredor de hidrógeno verde que conectará la Península Ibérica con Francia y el centro de Europa, aborda ese problema desde la infraestructura.

Más allá del hidrógeno en sí, el proyecto plantea algo clave para el ODS 13: integrar la transición energética en el sistema económico, permitiendo que la energía limpia forme parte de cadenas de valor reales y no quede aislada en proyectos locales sin escala.

Entonces, ¿por qué no llegamos?

No fallamos por desconocimiento, no fallamos por falta de tecnología, no fallamos porque “la gente no haga lo suficiente”.

Fallamos porque el sistema sigue priorizando estabilidad económica a corto plazo sobre estabilidad climática a largo plazo, y porque seguimos tratando el clima como un problema ambiental, cuando es un problema estructural, económico y de gobernanza.

El ODS 13 no es una meta ambiental. Es un test de madurez colectiva.

Nos obliga a decidir si:

  • Preferimos ajustes cosméticos o transformaciones reales.
  • Seguimos desplazando responsabilidades o asumimos decisiones incómodas.
  • Medimos el éxito en PIB o en estabilidad futura.

No se trata de salvar el planeta como concepto abstracto. Se trata de mantener las condiciones que hacen posible nuestra propia organización social y económica.

El clima no negocia, no vota y no espera. La pregunta no es si llegaremos al ODS 13. La pregunta es qué estaremos dispuestos a cambiar cuando ya no haya margen para seguir posponiendo.

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