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Cómo la inteligencia artificial puede ayudar a combatir el cambio climático

La IA puede convertirse en una aliada clave contra el cambio climático, pero su impacto dependerá de cómo la diseñemos, la regulemos y la integremos en una transición verdaderamente sostenible


Sales de casa con prisa, consultas el móvil y Google Maps te avisa de que hay más tráfico de lo habitual en tu ruta al trabajo, por eso te ha propuesto un desvío, gracias al cual consigues llegar diez minutos antes de lo previsto. ¿No te parece genial?

Más tarde, en el supermercado, ves que los marcadores de precios son todos digitales y que ciertos productos frescos de repente marcan un descuento porque van a caducar pronto. No es casualidad, ese supermercado usa sistemas predictivos para ajustar sus precios y pedidos en almacén a tiempo real con el fin de reducir el desperdicio alimentario.

Llega la noche en tu ciudad y la red eléctrica ajusta automáticamente la entrada de energía solar porque mañana, según las previsiones, habrá más radiación. Además se espera menos viento, con lo se ha de compensar con otras fuentes de energía renovable.

Todo ocurre sin que lo notes, por eso no piensas en ello, pero detrás de todos estos ajustes hay algoritmos que analizan millones de datos en tiempo real como densidad de tráfico, accidentes, climatología, patrones históricos, precios, mercados, almacén, meteorología. Esa optimización basada en datos no solo te ahorra tiempo al ir al trabajo, también reduce combustible, evita el desperdicio de alimentos y reduce las emisiones energéticas.

Pues todo esto que te he contado no es una escena futurista, son infraestructuras gestionadas con inteligencia artificial, no se si sabías que la IA no solo son asistentes virtuales o chatbots, actualmente ya interviene en cómo se mueve la energía, cómo se transportan bienes o cómo se planifican recursos y no nos damos ni cuenta.

¿Puede la IA combatir el cambio climático?

Sí puede, gracias al análisis de datos a tiempo real y al aprendizaje continuo consigue una gestión más eficiente, rápida y efectiva. Cuando se habla de cambio climático, casi siempre se piensa en grandes decisiones políticas o en nuevas infraestructuras energéticas. Sin embargo, hay otra capa del problema menos visible o de la que menos se habla, la gestión. Gran parte de las emisiones se producen porque nuestros sistemas no funcionan con la precisión que podrían hacerlo. Es aquí donde la inteligencia artificial puede ayudar, no como una solución mágica, sino como una herramienta de ajustes basados en datos.

El sector de la energía es la principal fuente de emisiones a nivel global. Y su gestión depende de adivinar cuánto vamos a consumir y cuándo. Si esas previsiones fallan, lo que ocurre es que se produce energía de más, se desperdicia o se termina compensando con fuentes más contaminantes. Los algoritmos de aprendizaje automático están mejorando esa capacidad predictiva, ajustando oferta y demanda con mayor exactitud.

Esta mejora en la previsión mediante aprendizaje automático ya ocurre en entornos reales. Google redujo significativamente el consumo energético en la refrigeración de sus centros de datos aplicando modelos de IA que optimizan en tiempo real variables como temperatura, humedad y carga informática. Consiguiendo mejorar la eficiencia en el uso de energía para estos centros de datos.

Estos modelos de aprendizaje automático ya pueden predecir incendios forestales con mayor antelación analizando datos como la humedad, el viento y la temperatura de una zona forestal concreta. La inteligencia artificial no sustituye la transición ecológica. La hace más precisa y estratégica.

Aplicaciones prácticas de la IA contra el cambio climático

Como ya hemos aclarado la inteligencia artificial sí ayuda a hacer más precisos y eficientes los sistemas, ahora la siguiente pregunta a responder es: ¿en qué ámbitos esa precisión ya está reduciendo emisiones o ayudando frente al cambio climático?

01 . Energía inteligente y redes eléctricas optimizadas

Cuanto mejor se predice la generación de energía solar o eólica, menos necesidad hay de activar centrales de respaldo más contaminantes

Empezaremos por algo tan básico como la electricidad que usamos cada día. Las energías renovables (eólica y solar) no producen siempre la misma cantidad de energía, dependen de si brilla el sol o hace viento. Durante años, esa intermitencia ha sido un obstáculo, hoy en día se puede planificar esa variabilidad, las compañías energéticas recurren cada vez más a modelos basados en IA que analizan datos meteorológicos y patrones de consumo, mejorando la eficiencia del sistema.

Estas herramientas permiten anticipar cuánta energía renovable se generará y equilibrar la red con menos necesidad de recurrir a combustibles fósiles, lo que se traduce en mayor estabilidad y menor huella climática de los sistemas eléctricos.

Incluso en proyectos urbanos, la IA está optimizando el uso de la energía pública. El Centro de Inteligencia digital de Alicante (CENID), ha integrado sistemas inteligentes a los paneles fotovoltaicos y han conseguido reducir el consumo y los costes energéticos en las farolas de la provincia hasta en un 25 %, ajustando la iluminación a las condiciones climáticas y al uso real de las vías.

02. Transporte y movilidad urbana

En las ciudades ocurre algo parecido. Los sistemas inteligentes de gestión del tráfico no solo buscan que llegues antes a tu destino, a la vez que se reducen los atascos, se disminuye el tiempo que miles de coches pasan con el motor encendido sin avanzar. Menos tiempo parado significa menos combustible quemado y menos emisiones acumuladas.

03. Agricultura y alimentación sostenible

La IA también está influyendo en el sistema alimentario global, un sector cuyo impacto climático es enorme. Al analizar grandes volúmenes de datos meteorológicos, sensores de suelo y predicciones climáticas, modelos inteligentes están optimizando riegos, uso de fertilizantes y tiempos de cosecha, lo que no solo reduce emisiones de CO2 sino también el desperdicio de agua y recursos.

04. Prevención meteorológica extrema

La capacidad de anticipar fenómenos extremos se ha convertido en una pieza estratégica de adaptación al cambio climático. Recientemente, sistemas basados en inteligencia artificial están siendo desarrollados para anticipar incendios, tormentas y otros eventos climáticos extremos con mayor rapidez y precisión que los métodos tradicionales, lo que permite a gobiernos y servicios de emergencia reaccionar con más eficacia.

También en Europa se trabaja en modelos digitales avanzados, como el denominado “gemelo digital de la Tierra” del que ya hablamos en un anterior artículo, que utiliza IA y computación avanzada para simular y predecir dinámicas climáticas y meteorológicas con una resolución inédita, apoyando tanto la planificación urbana como la gestión de recursos energéticos y ambientales.

05. Monitoreo del entorno

Más allá de su uso en sectores industriales o infraestructura, la inteligencia artificial también está ayudando a comprender y proteger los ecosistemas. Estos modelos pueden analizar imágenes de satélite para mapear la deforestación y estimar la cantidad de carbono almacenado en los bosques, o identificar contaminación por plásticos o vertidos en los océanos más rápidamente que los métodos convencionales.

La inteligencia artificial puede ayudar a combatir el cambio climático, no aportando una única solución espectacular y simple, sino con pequeños ajustes que se ejecutan cada día sin que los veas. Cambios discretos que, cuando se multiplican a escala global, pueden marcar una diferencia real.

Ya no se trata de preguntarse si la IA puede aplicarse para combatir el cambio climático, que puede. La pregunta importante es cuánto puede ayudar de verdad y si estamos utilizándola con la rapidez y la responsabilidad que la situación exige.

La huella energética de la propia IA

Cuando hablamos de la inteligencia artificial como herramienta para combatir el cambio climático, hay una pregunta que siempre ronda, ¿cuánta energía consume la IA?

En primer lugar, los centros de datos donde se alojan y ejecutan las aplicaciones de inteligencia artificial son enormes consumidores de electricidad. En 2025 se estima que la inteligencia artificial y sus centros de datos asociados consumieron un total de 350 TWh teravatios-hora. Aunque algunos modelos más optimizados como DeepSeek han logrado reducir el consumo energético de entretenimiento en un 75 %. Esto implicaría un aumento considerable de la demanda eléctrica si no se acompaña de energía limpia y eficiencia energética.

Debemos de entender que los modelos de inteligencia artificial generativa no son “gratis” en términos de energía. Aunque responder a una pregunta con ChatGPT o un modelo similar puede consumir solo una fracción de energía —del orden de 0,24 a 0,34 vatios-hora por consulta en estimaciones recientes—, cuando miles de millones de consultas se realizan cada día, el consumo agregado se vuelve importante.

Si en vez de fijarnos en las interacciones individuales que hacemos, nos fijamos en el entrenamiento de modelos avanzados como los utilizados en sistemas de lenguaje o visión, estos requieren enormes cantidades de energía. Estudios técnicos muestran que entrenar modelos muy grandes puede involucrar miles de horas de GPU, con consumos de energía equivalentes a los de comunidades enteras durante días o semanas de trabajo.

Para que la inteligencia artificial sea parte de la solución, debemos considerar tanto los beneficios como la energía que consume y necesita. En pocas palabras, la IA puede ayudar a ahorrar emisiones en muchos sectores, pero para que el balance global sea positivo, su propio consumo debe ser más limpio y eficiente.

Consumo de energía estimado por centros de datos de IA

Para entender las cifras, hay que distinguir entre el consumo de los centros de datos totales (donde vive la IA) y la parte específica que se atribuye exclusivamente a tareas de procesamiento de IA (entrenamiento e inferencia).

El aumento no es lineal, es exponencial por tres razones principales:

  1. Entrenamiento vs. Inferencia: Entrenar un modelo (como Llama 3 o GPT-4) consume muchísima energía una sola vez, pero la inferencia (cada vez que tú le haces una pregunta) se multiplica por millones de usuarios cada segundo.
  2. Hardware más hambriento: Los chips especializados (GPUs) consumen mucha más potencia por unidad que los servidores de almacenamiento tradicionales de hace una década.
  3. Refrigeración: Por cada vatio que consume un chip de IA para pensar, se necesita casi otro vatio adicional para enfriar los sistemas y evitar que se fundan.

Este aumento está obligando a las grandes tecnológicas (Microsoft, Google, Amazon) a invertir masivamente en energía nuclear y renovables para que sus centros de datos no colapsen las redes eléctricas nacionales. Incluso se habla que Elon Musk podría estar pensando en montar centros de datos eficientes en el espacio, donde hay energía ilimitada solar, conectividad entre sus satélites y refrigeración sin consumo de energía. ¡Qué locura más lógica!

¿Compensa usar inteligencia artificial frente a no usarla?

Después de ver que la inteligencia artificial tiene una huella energética considerable, es natural preguntarse si vale la pena usarla para combatir el cambio climático.

La respuesta corta es sí, pero con condiciones.

Las aplicaciones que ya hemos comentado, como mejor gestión de la energía, agricultura más eficiente, predicción de incendios o fenómenos extremos, ayudan a reducir emisiones y a utilizar mejor los recursos. Cuando la IA se alimenta con electricidad limpia y se aplica para optimizar sectores que contaminan mucho, el balance suele ser positivo.

Por ejemplo, si un sistema inteligente consigue integrar mejor la energía solar y la eólica en la red eléctrica, y con esto se reduce la necesidad de activar centrales que funcionan con combustibles fósiles. Ese ajuste, repetido miles de veces, significa menos emisiones.

El problema es que la propia industria de la inteligencia artificial está creciendo muy rápido. Los centros de datos que la sostienen consumen cada vez más electricidad, y se espera que esa demanda aumente con fuerza en los próximos años. Si esa energía no proviene de fuentes renovables, parte del beneficio climático puede perderse.

Además, no solo se trata de electricidad. También hay consumo de agua para refrigeración y extracción de materiales para fabricar los equipos.

Entonces, ¿merece la pena?. Sí, siempre que:

  1. Despleguemos IA junto con una transición energética hacia fuentes limpias, reduciendo progresivamente la huella de la propia industria tecnológica.
  2. Se optimicen los modelos y sistemas para que consuman menos energía por tarea y se favorezca el uso de algoritmos eficientes.
  3. Las políticas públicas acompañen esta adopción con estándares de sostenibilidad para centros de datos e incentivos para gestión responsable de recursos.

Cuando estas condiciones se cumplen, la IA no solo aporta beneficios netos, sino que se convierte en una herramienta que acelera soluciones climáticas que de otro modo serían más lentas o costosas.

Los riesgos de la IA aplicados a la lucha contra el cambio climático

Hasta ahora hemos visto todo el potencial que nos puede ofrecer, pero si la inteligencia artificial va a jugar un papel real en la acción climática, también hay que hablar de sus límites y riesgos.

No todos los riesgos asociados a la IA afectan directamente al cambio climático. Pero algunos sí pueden influir de forma decisiva en cómo se diseñan y distribuyen las soluciones.

01. El sesgo algorítmico

Los modelos aprenden a partir de datos. Si esos datos provienen sobre todo de países desarrollados, las soluciones tenderán a adaptarse mejor a sus contextos.

¿Qué ocurre entonces con regiones donde los datos climáticos son escasos, menos digitalizados o peor financiados? Existe el riesgo de que las herramientas más avanzadas beneficien primero a quienes ya tienen más recursos, dejando atrás a comunidades especialmente vulnerables al cambio climático.

02. La concentración de poder

El desarrollo de sistemas avanzados de inteligencia artificial está en manos de un número reducido de grandes empresas tecnológicas. Si esas compañías controlan también las herramientas que optimizan redes eléctricas, modelizan escenarios climáticos o gestionan infraestructuras críticas, surge una pregunta incómoda: ¿quién define las prioridades ambientales? La lucha contra el cambio climático es un reto global, pero la gobernanza tecnológica no siempre lo es.

03. La falta de transparencia

Si decisiones energéticas, logísticas o agrícolas empiezan a depender de algoritmos complejos que pocos entienden, puede resultar difícil entender por qué se toma una decisión concreta. En temas climáticos, donde las consecuencias afectan a millones de personas, entender lo que predicen no es un lujo técnico, es una necesidad democrática.

04. El riesgo de dependencia excesiva

Delegar por completo decisiones estratégicas en sistemas automatizados puede reducir la supervisión humana. La IA puede sugerir, optimizar y anticipar, pero las decisiones finales sobre planificación energética o adaptación climática deberían seguir teniendo un control humano claro.

05. La vulnerabilidad ante ciberataques

Cuanto más inteligentes y conectadas sean las redes eléctricas, sistemas de agua o infraestructuras críticas, más expuestas estarán a ataques digitales. En un contexto climático ya inestable, una interrupción masiva en infraestructuras energéticas podría tener consecuencias graves.

¿El acceso a la inteligencia artificial es igual para todo el mundo?

La brecha tecnológica sigue siendo profunda. Muchos países en desarrollo carecen de infraestructuras digitales avanzadas, centros de datos propios o capacidad técnica para desplegar sistemas complejos. Sin acceso a estas herramientas, su capacidad de adaptación puede quedar limitada.

Además, la dependencia de infraestructuras controladas por grandes potencias tecnológicas puede generar una nueva forma de desigualdad, esto es lo que algunos expertos ya llaman colonialismo digital. Los datos se extraen, los algoritmos se entrenan y las decisiones se procesan en centros lejanos, mientras los países más vulnerables dependen de tecnologías que no controlan.

En un problema global como el cambio climático, esta desigualdad tecnológica puede convertirse en desigualdad climática. Si la inteligencia artificial va a formar parte de la solución, su acceso y gobernanza deberán ser también globales.

¿Cuál será la próxima revolución tecnológica después de la IA?

La inteligencia artificial es hoy la tecnología más transformadora, pero no evoluciona sola. El futuro apunta a la convergencia:

  • La combinación de IA y biotecnología podría acelerar el desarrollo de cultivos más resistentes al clima extremo
  • La unión entre IA y nanotecnología puede mejorar materiales para almacenamiento energético o captura de carbono
  • La robótica autónoma aplicada a la reforestación, limpieza de océanos o mantenimiento de infraestructuras energéticas ya está dando sus primeros pasos

Y en el horizonte aparece la computación cuántica, con potencial para modelizar sistemas climáticos con una precisión que hoy parece inalcanzable.

La próxima revolución no será una única tecnología, sino la integración inteligente de varias de ellas.

Tecnología sí, pero con conciencia

La inteligencia artificial no salvará el planeta por sí sola. No sustituye la voluntad política, ni los cambios de hábitos, ni los acuerdos internacionales. No reemplaza la transición energética ni la responsabilidad empresarial.

Lo que sí puede hacer es acelerar decisiones mejor informadas, reducir ineficiencias y anticipar riesgos.

Pero para que eso ocurra, necesita regulación ética, transparencia, energía limpia y supervisión humana.

Combatir el cambio climático no depende únicamente de algoritmos más avanzados, sino de una acción informada y colectiva. La inteligencia artificial puede ayudarnos a hacerlo mejor. La decisión de usarla con responsabilidad es, todavía, humana.

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