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Durante años, los científicos del clima han intentado dejar atrás una metáfora que, aunque intuitiva, resulta engañosa: la del termostato. Según esta idea, el planeta Tierra funciona solo gracias a la temperatura y que para mantener unas condiciones cómodas y estables simplemente es necesario regular esta temperatura. Pero la realidad es mucho más compleja.
La Tierra no funciona como un aparato con un solo control, sino como un organismo vivo. Un sistema dinámico en el que todo está conectado. En lugar de un único indicador (la temperatura), existen al menos nueve procesos interdependientes que interactúan entre sí. Y es precisamente ese delicado equilibrio conjunto el que ha permitido que, durante los últimos 10.000 años, el planeta haya mantenido unas condiciones sorprendentemente estables, gracias a las cuales fue posible el desarrollo de la civilización humana.
A ese espacio de estabilidad lo llamamos Holoceno. Los científicos del sistema Tierra llevan años discutiendo si ya lo hemos abandonado y si vivimos en una época geológica nueva, el Antropoceno, que es la era en que la actividad humana es la causante del cambio del planeta. Sobre esta discusión hay una cantidad creciente de evidencias que provocan que la respuesta sea sí.
En septiembre de 2025, el Planetary Health Check —el informe anual sobre el estado del sistema Tierra elaborado por el Instituto Potsdam para la Investigación del Impacto Climático (PIK) con la colaboración de una comunidad científica internacional de más de cien investigadores— concluyó que siete de los nueve límites planetarios han sido transgredidos. Por primera vez en la historia del marco, la acidificación del océano se sumaba a la lista. Todos los límites violados muestran tendencias de empeoramiento y ninguno está remitiendo.

¿Qué son los límites planetarios y por qué importan?
El concepto de límites planetarios nació en 2009, cuando un grupo de 28 científicos liderados por Johan Rockström, desde el Stockholm Resilience Centre, puso cifras a una idea que ya se intuía desde hacía tiempo, y es que la Tierra tiene una capacidad limitada para sostener la actividad humana.
Pero este marco no es simplemente una lista de problemas ambientales. Su valor está en cómo explica el funcionamiento del planeta como un sistema conectado.
Los nueve límites identificados no actúan por separado, están profundamente interrelacionados. El clima influye en la biodiversidad, la biodiversidad regula los ciclos naturales, y estos, a su vez, determinan la salud de los suelos y los océanos. Todo forma parte de una misma red.
Por eso, cuando se sobrepasa uno de estos límites, el riesgo no se queda ahí. Aumenta la probabilidad de que otros también fallen. Es un efecto dominó, con cambios que no son graduales, sino bruscos y difíciles de revertir.
Un estudio clave publicado en 2023 en Science Advances, liderado por Richardson y su equipo, confirmó por primera vez que seis de estos límites ya habían sido superados. La actualización más reciente, en 2025, eleva la cifra a siete.
El marco de los límites planetarios no mide cuánto daño hemos causado, sino cuánto riesgo sistémico hemos acumulado. Son umbrales de probabilidad de cambios abruptos e irreversibles, no fechas de expiración
Estos siete límites planetarios en 2025 ya se han roto
El diagnóstico más reciente del estado del planeta, recogido en el Planetary Health Check 2025, confirma una tendencia preocupante. La humanidad ya ha superado siete de los nueve límites planetarios que mantienen la estabilidad de la Tierra.
Esto significa que hemos empujado al sistema terrestre más allá de zonas consideradas seguras en ámbitos clave para la sostenibilidad y el equilibrio ambiental.
Entre los límites ya transgredidos se encuentra el cambio climático, probablemente el más conocido, pero no el único. También hemos sobrepasado la integridad de la biosfera, lo que refleja la pérdida acelerada de biodiversidad. A esto se suman los cambios en el uso del suelo, el uso intensivo del agua dulce y la alteración de los ciclos naturales de nutrientes como el nitrógeno y el fósforo.
Otro límite crítico es el de las llamadas entidades novedosas, que incluye la contaminación por plásticos, químicos y otras sustancias creadas por el ser humano. A esta lista se ha añadido en 2025 un nuevo límite superado: la acidificación del océano, una consecuencia directa del aumento de CO2 que amenaza los ecosistemas marinos.
Solo dos límites permanecen, por ahora, dentro de una zona considerada segura. La capa de ozono estratosférico, gracias a la acción internacional, sigue en proceso de recuperación. Y la carga de aerosoles atmosféricos, aunque bajo vigilancia, aún no ha cruzado el umbral de riesgo global.
En conjunto, estos datos no solo describen el impacto ambiental acumulado, sino que apuntan a un aumento del riesgo sistémico. Cuantos más límites se superan, más inestable se vuelve el sistema Tierra y mayor es la probabilidad de cambios abruptos que afectan directamente al clima, los recursos y la vida tal y como la conocemos.
Límites planetarios en 2025

1. Cambio climático
Según el Laboratorio de Monitorización Global de NOAA, la concentración media anual global de CO2 alcanzó 422,8 partes por millón en 2024, el valor más alto registrado y un incremento de 3,75 ppm respecto a 2023, el mayor aumento interanual de la serie histórica. El límite de seguridad del marco se establece en 350 ppm. La forzadura radiativa —la diferencia entre energía que entra y energía que sale del sistema Tierra— se aleja del equilibrio. La tendencia es de empeoramiento continuo.
2. Integridad de la biosfera
El ritmo de extinción de especies es entre 100 y 1.000 veces superior a la tasa de fondo natural
El ritmo de extinción de especies es entre 100 y 1.000 veces superior a la tasa de fondo natural. El marco evalúa tanto la diversidad genética como la integridad funcional de los ecosistemas: la capacidad de las comunidades biológicas de mantener los flujos de energía y materia que regulan el planeta. Ambas están en zona de alto riesgo, y la integridad funcional —degradada por la destrucción masiva de ecosistemas naturales durante la industrialización— fue transgredida ya a finales del siglo XIX, mucho antes de que existieran instrumentos para medirla.
3. Cambio en el sistema terrestre
La deforestación y la urbanización han reducido las masas forestales tropicales, boreales y templadas por debajo de los niveles seguros. Los bosques no son solo almacenes de carbono: regulan el ciclo del agua, la temperatura local y la humedad que alimenta sistemas meteorológicos a miles de kilómetros de distancia.
4. Uso del agua dulce
En 2022, la transgresión del límite de agua dulce se amplió para incluir el «agua verde» —la humedad del suelo disponible para las plantas—, además del agua azul de ríos y acuíferos. La alteración de los ciclos hídricos está desestabilizando sistemas ecológicos, atmosféricos y biogeoquímicos.
5. Modificación de flujos biogeoquímicos
El ciclo del nitrógeno y el del fósforo han sido radicalmente alterados por la agricultura industrial. La fijación industrial de nitrógeno (convertir el nitrógeno atmosférico en formas biorreactivas para fertilizantes) supera el límite de seguridad. El flujo de fósforo hacia los océanos está en zona de riesgo elevado. La contaminación de aguas, los muertos de oxígeno (dead zones) en océanos y las floraciones de algas tóxicas son consecuencias directas.
6. Entidades novedosas
Sustancias sintéticas —plásticos, plaguicidas, perturbadores endocrinos, residuos radiactivos, organismos modificados genéticamente— se introducen en el medioambiente sin evaluación adecuada de sus efectos sobre el sistema Tierra. En enero de 2022, un equipo de 14 científicos publicó en Environmental Science and Technology que este límite había sido superado. La plasticidad y persistencia de estas sustancias —los llamados PFAS o «químicos eternos»— las convierte en un perturbador de largo plazo sin precedentes evolutivos.
7. Acidificación del océano
La novedad de 2025. Desde el inicio de la era industrial, el pH superficial del océano ha caído aproximadamente 0,1 unidades, esto significa un incremento de la acidez de entre el 30 y el 40 %. El océano absorbe alrededor de un cuarto del CO2 que emitimos; al hacerlo, se vuelve más ácido y pierde capacidad de actuar como sumidero de carbono. Los ecosistemas más vulnerables son los corales de aguas frías, los arrecifes tropicales y la vida marina ártica. Los pterópodos —pequeños moluscos pelágicos que constituyen la base de muchas cadenas tróficas— ya muestran daños en sus conchas.
La acidificación oceánica no es un efecto colateral del cambio climático, es un proceso independiente con su propio umbral. Y al cruzarlo, hemos reducido la capacidad del océano de amortiguar exactamente el problema que lo está causando.
Los dos límites que permanecen en zona segura son la capa de ozono estratosférico —en lenta recuperación gracias al Protocolo de Montreal— y la carga de aerosoles atmosféricos, aunque ambos están bajo presión creciente.
¿Por qué importa la interdependencia?
El aspecto menos comprendido del marco es que sus nueve componentes no son independientes. La pérdida de biodiversidad debilita la capacidad de los ecosistemas de secuestrar carbono, lo que agrava el cambio climático. El cambio climático altera los regímenes de precipitación, lo que presiona el uso del agua dulce. La agricultura intensiva que altera los flujos biogeoquímicos también destruye hábitats y reduce la integridad de la biosfera. Y así en bucle.
Esto tiene una implicación práctica decisiva: no es posible gestionar los límites en silos. Un plan climático que no aborde la pérdida de biodiversidad puede cumplir objetivos de emisiones y aun así acelerar la transgresión de otros límites. Una estrategia de agua que no considere el cambio en el uso del suelo puede fracasar aunque reduzca la extracción directa.
Para los sistemas de gobernanza y financieros, esto supone un reto de integración que aún está muy lejos de resolverse. La arquitectura regulatoria en materia de sostenibilidad —Taxonomía de la UE, CSRD, TCFD, TNFD— va construyendo instrumentos para medir impactos sobre el clima, la naturaleza y el agua por separado. El marco de los límites planetarios sugiere que esa compartimentación tiene límites analíticos: los riesgos interdependientes requieren marcos de gobernanza igualmente integrados.
Del concepto científico a la práctica
En la última década, el marco ha recorrido un camino que pocos conceptos científicos consiguen. Ha pasado del ámbito académico a la política pública y, más recientemente, al sector empresarial y financiero.
A escala municipal, Ámsterdam fue la primera gran ciudad en adoptar el modelo de la «rosquilla» (doughnut model) —que integra los límites planetarios con una base social de equidad— como marco rector de su estrategia a largo plazo. A escala nacional, países como Nueva Zelanda y varios estados europeos han utilizado el framework para evaluar sus impactos globales y revisar sus estrategias de sostenibilidad.
En el sector corporativo, el concepto de science-based targets ha comenzado a extenderse más allá del clima hacia la biodiversidad, el agua dulce y el uso del suelo. Y en el sector financiero, marcos como la TNFD —Marco de Divulgación de Riesgos Relacionados con la Naturaleza— están empezando a trasladar la lógica de los límites planetarios a los procesos de reporte e inversión. Pocas entidades financieras españolas han adoptado ya este estándar; Cajamar fue la primera cooperativa de crédito española en publicar un informe TNFD.
En diez años, los límites planetarios han pasado de ser un concepto científico a convertirse en referencia para la política, las empresas y las finanzas. La implementación es todavía fragmentaria. El reto es pasar de los compromisos a la rendición de cuentas medible.
La investigadora del Stockholm Resilience Centre Tiina Häyhä, coautora del Planetary Health Check 2025, señala que el siguiente paso crítico es la coherencia: alinear las políticas climáticas, de biodiversidad y de contaminación en un enfoque integrado, y establecer mecanismos de accountability que hagan que los compromisos se traduzcan en reducciones reales dentro de los límites del sistema.
Lo que los límites planetarios en 2025 nos dicen sobre lo que aún podemos cambiar
Dentro del panorama que dibujan los límites planetarios en 2025, hay un matiz que suele pasar desapercibido y que, sin embargo, es clave para entender el futuro: no todo está perdido.
De los nueve límites que definen la estabilidad del planeta, hay dos que todavía se mantienen en una zona segura. Y no es casualidad.
El caso más claro es el de la capa de ozono. Su recuperación no ocurrió por azar, sino como resultado de una decisión política global tomada en 1987 con el Protocolo de Montreal. Aquel acuerdo permitió eliminar progresivamente los gases que estaban destruyendo el ozono, demostrando que un problema ambiental global puede no solo frenarse, sino revertirse.
Algo similar ocurre con la carga de aerosoles atmosféricos. Aunque sigue siendo un ámbito bajo vigilancia, las mejoras en la calidad del aire en distintas regiones del mundo muestran que la regulación y la innovación tecnológica sí pueden reducir el impacto ambiental.
Estos ejemplos no invitan a un optimismo ingenuo. Pero sí aportan algo mucho más valioso: evidencia real de que el rumbo puede cambiar.
Los límites planetarios en 2025 no solo reflejan una situación crítica, también muestran que existen herramientas para actuar. Cuando hay voluntad política, marcos regulatorios eficaces y tecnología disponible, es posible reducir riesgos y recuperar estabilidad.
Por eso, este marco no debe interpretarse como una cuenta atrás hacia el colapso, sino como un mapa del riesgo al que nos enfrentamos. Y los mapas, precisamente, sirven para tomar decisiones a tiempo.
La conclusión es clara: evitar los peores escenarios no depende del azar. Depende de las decisiones que tomemos ahora.


