Tecnooptimismo ¿qué es y por qué no debemos esperar a que la tecnología lo arregle todo?

La tecnología ya nos ayuda a producir energía limpia y a prever el clima, pero confiar en que el próximo invento lo resolverá todo puede hacernos aplazar cambios que también dependen de cómo vivimos, producimos y consumimos



El tecnooptimismo es el sentimiento de confianza en que la tecnología terminará resolviendo todos los grandes problemas del planeta, desde el cambio climático a la falta de agua, así, por sí sola y sin que tengamos que cambiar demasiado nuestra forma de vivir.

Seguro que en alguna sobremesa estos últimos meses ha salido el tema del calor de este verano, o alguien ha mencionado los incendios o el precio tan elevado de la luz, hasta que la conversación se pone seria y el cuñado de turno la cierra con un… «bueno, ya inventarán algo».

En parte tiene razón, porque los paneles solares o los coches eléctricos son pruebas de que el ingenio humano saca adelante problemas que parecían imposibles. La pregunta que queda en el aire es si basta con esperar a ese invento, o si mientras llega hay cosas que la tecnología no va a hacer por nosotros.

¿Qué es el tecnooptimismo?

El tecnooptimismo es una manera de mirar el futuro que pone la tecnología en el centro de la solución. Quien comparte esta idea piensa que los problemas ambientales son, sobre todo, problemas técnicos, y que con suficiente inversión e investigación inventaremos soluciones tecnológicas que los resolverán.

Desde esa mirada, la respuesta al cambio climático no pasa por consumir menos, sino por producir la misma energía sin emitir carbono, y la respuesta a la escasez de agua no pasa por regar menos, sino por desalar más barato.

Esta idea realmente no es nueva, la confianza en que el progreso técnico trae bienestar viene de la Revolución Industrial, y ha acompañado a cada gran invento desde la máquina de vapor hasta internet. Lo que sí es reciente es el interés por la palabra tecnooptimismo.

El tecnooptimismo como concepto se puso de moda en octubre de 2023, cuando el inversor estadounidense Marc Andreessen publicó su Manifiesto tecnooptimista, un texto que defiende que la tecnología es la única fuente real de crecimiento y que frenarla por prudencia es un error.

El manifiesto tuvo tantos seguidores como críticos, y desde entonces el término se usa para hablar de cualquier postura que confía en que el siguiente avance técnico llegará a tiempo.

En el terreno de la sostenibilidad, el tecnooptimismo tiene una versión moderada y otra extrema. La moderada dice que la tecnología es imprescindible, y casi nadie le lleva la contraria. La extrema dice que es suficiente, y ahí es donde empiezan las dudas. Las tecnologías verdes que ya funcionan, las que se agrupan bajo la etiqueta de greentech, son el mejor argumento de la primera.

¿Qué piensan los españoles de la tecnología?

En España se confía bastante en ella, aunque con matices. La Encuesta de Percepción Social de la Ciencia y la Tecnología 2024 de la FECYT, publicada en julio de 2025, preguntó hasta qué punto la ciencia y la tecnología pueden ayudar a resolver distintos problemas.

Dos de cada tres españoles creen que la tecnología puede contribuir bastante o totalmente a mitigar el cambio climático, y la confianza baja a medida que el problema se vuelve más social.

La misma encuesta deja una contradicción curiosa. El 81,4 % considera que el cambio climático es un problema grave y la mayoría confía en que la tecnología ayude a frenarlo, pero el 56,6 % sospecha que hay intereses económicos que bloquean soluciones técnicas que ya están disponibles.

Es decir, mucha gente no duda de que los inventos existan, sino de que lleguen a usarse. Y solo el 39,1 % cree que la transición ecológica mejorará su vida, así que para mucha gente sus beneficios todavía no se notan en el día a día.

Lo que la tecnología ya ha conseguido

Antes de buscarle los límites al tecnooptimismo conviene reconocerle los aciertos, que son muchos. España es un buen ejemplo. En 2025 se instalaron 11,4 GW de potencia renovable, el mayor aumento anual de la serie histórica, y 10,2 de ellos fueron de energía fotovoltaica, según el Observatorio de la Transición Energética y la Acción Climática del BC3, el centro vasco de investigación sobre cambio climático.

Y el avance no se queda en los enchufes. Según ese mismo informe, en el conjunto de la economía española las renovables ya suponen el 25,4 % de la energía, contando también el transporte, la industria y la calefacción, que son los terrenos donde más cuesta avanzar.

Es una cifra que habría parecido muy optimista hace una década, y que a la vez recuerda que las tres cuartas partes restantes todavía dependen de otras fuentes.

El mismo informe recoge que las emisiones por unidad de PIB cayeron un 3 % en 2025. Dicho de forma sencilla, cada euro que produce la economía española contamina menos que el año anterior, sobre todo porque se usa la energía de forma más eficiente.

La inteligencia artificial, la gran promesa del tecnooptimismo

Si hay una tecnología en la que hoy se deposita casi toda la esperanza, es la inteligencia artificial. Y en parte la merece. En febrero de 2025, el Centro Europeo de Previsiones Meteorológicas a Plazo Medio puso en marcha su primer modelo de previsión basado en IA, que acierta mejor en algunas medidas, como la trayectoria de los ciclones tropicales, y gasta unas mil veces menos energía por previsión que el sistema tradicional.

Saber con un día de antelación cuánto sol o cuánto viento va a hacer permite a la red eléctrica prever cuánta energía darán las renovables y cuánta tendrá que salir de otras centrales. Cuanto mejor se acierta, menos centrales de respaldo hay que tener encendidas por si acaso, y ese es uno de los usos que hacen pensar que la IA puede combatir el cambio climático de verdad.

La otra cara es que la propia IA necesita mucha energía y mucha agua para funcionar, y que todavía le falta investigación y optimización de recursos para que el balance salga claramente a favor.

La Unión Europea quiere triplicar la capacidad de sus centros de datos en los próximos cinco a siete años, y la Comisión Europea prevé que en 2030 consuman más del 3 % de toda la electricidad de la UE. Por eso propuso el 21 de septiembre de 2026 un sistema común para calificar los centros de datos según su consumo de energía y agua, que afectará a los de más de 500 kW y empezará a comunicarse en etiquetas en 2027.

La propia Agencia Europea de Medio Ambiente lo resume en su informe sobre la doble transición digital y verde, que trata la digitalización como una oportunidad que solo ayuda al planeta si se gestiona bien.

Y la gente lo percibe así. Según la FECYT, más del 80 % de las personas usan ya aplicaciones de IA y reconoce sus beneficios, pero un 32,6 % teme que acabemos confiando demasiado en ella, que es justo el riesgo del tecnooptimismo cuando se lleva al extremo.

¿Dónde se queda corto el tecnooptimismo?

El problema del tecnooptimismo no está en lo que la tecnología consigue, sino en lo que se le pide.

El efecto rebote, cuando ahorrar sirve para gastar más

Cambias todas las bombillas de casa por LED y, como ahora gastan menos, ya no te preocupa dejar la luz del pasillo encendida o poner tiras luminosas en el salón. Al final del año, la factura apenas ha bajado. Eso es el efecto rebote, también llamado paradoja de Jevons por el economista británico que lo describió en 1865 al ver que las máquinas de vapor más eficientes hacían que se quemara más carbón, no menos.

El catedrático de la Universidad de Sevilla José Manuel Cansino lo explicó en 2020 en un estudio sobre el reto de la eficiencia energética en Europa y el riesgo del efecto rebote, donde advierte de que los planes de la UE y de España parecen no haber tenido en cuenta que las mejoras de eficiencia pueden acabar aumentando el consumo.

La tecnología hace las cosas más eficientes, pero lo que hacemos con ese ahorro depende de nosotros

Las emisiones totales casi no se mueven

El dato de que cada euro contamina menos tiene una letra pequeña. En 2025 la economía española creció con fuerza, y las emisiones totales solo bajaron un 0,5 %, hasta 267 millones de toneladas de CO2 equivalente, según el mismo informe del BC3.

Además, tras el apagón del 28 de abril el sistema eléctrico tuvo que apoyarse más en las centrales de gas para ganar estabilidad, y las emisiones del sector eléctrico subieron un 11 %. La tecnología avanza, pero la actividad económica crece casi al mismo ritmo, y el saldo final se mueve muy despacio.

La naturaleza no se arregla con un invento

La Agencia Europea de Medio Ambiente publicó en septiembre de 2025 su informe sobre el estado del medio ambiente en Europa, y su conclusión tiene dos caras. Europa ha bajado sus emisiones y ha duplicado la cuota de renovables desde 2005, pero la biodiversidad sigue disminuyendo en la tierra, en los ríos y en el mar, sobre todo por la forma en que producimos y consumimos.

Para la agencia, lo que hace falta es un cambio de fondo en esos sistemas de producción y consumo, porque no hay tecnología que devuelva un bosque talado o un acuífero agotado de un día para otro.

¿Es lo mismo tecnooptimismo que solucionismo tecnológico?

No exactamente, aunque se parecen. El tecnooptimismo es una actitud, la confianza en que la tecnología mejorará las cosas. El solucionismo tecnológico va un paso más allá y convierte cualquier problema, también los sociales o políticos, en un problema técnico que se arregla con una aplicación, un sensor o un algoritmo.

El término lo popularizó el investigador bielorruso Evgeny Morozov en 2013, en su libro To Save Everything, Click Here, como crítica a la tendencia de Silicon Valley a ver una solución digital para todo.

La diferencia importa porque cambia lo que se espera de cada uno. Un tecnooptimista moderado puede defender a la vez la energía solar y la necesidad de consumir con más cabeza. Un solucionista tiende a pensar que lo segundo sobra si lo primero funciona.

Por eso el debate sobre los vehículos eléctricos es tan buen ejemplo, porque cambiar el motor de un coche reduce sus emisiones, pero no resuelve por sí solo los atascos, el espacio que ocupan los coches en la ciudad ni la energía que hace falta para fabricarlos.

Una herramienta, no una promesa

La tecnología seguirá avanzando, y es la mejor herramienta que tenemos para producir energía limpia, prever el clima o fabricar con menos recursos. Lo que no puede hacer es decidir por nosotros cómo usamos lo que se inventa, ni compensar a tiempo lo que perdemos mientras esperamos al siguiente avance tecnológico.

Así que la próxima vez que alguien diga en la sobremesa que ya inventarán algo, se le puede dar la razón a medias.

Muchos de esos inventos ya están en los tejados, en las carreteras y en los móviles, y seguirán llegando otros. Lo que cambia el resultado es lo que hacemos con ellos mientras tanto, si la luz que ahorramos con las bombillas nuevas la gastamos en otra cosa o si el coche eléctrico sustituye al viejo o se suma a él.

Preguntas frecuentes sobre el tecnooptimismo

¿Qué es un tecnooptimista?

Es una persona que confía en que la tecnología resolverá los grandes problemas sociales y ambientales. Hay tecnooptimistas moderados, que la ven como una herramienta imprescindible junto a otros cambios, y otros más radicales, que la consideran suficiente por sí sola.

¿Qué dice el manifiesto tecnooptimista?

Es un texto que el inversor estadounidense Marc Andreessen publicó en octubre de 2023. Defiende que la tecnología es el motor del crecimiento y del bienestar, y que frenarla por prudencia o por regulación es un error. Tuvo mucha repercusión y también muchas críticas por ignorar los costes sociales y ambientales.

¿El tecnooptimismo es bueno o malo?

Depende de hasta dónde se lleve. Confiar en la tecnología ha permitido avances como el abaratamiento de la energía solar o las previsiones meteorológicas con IA. El riesgo aparece cuando esa confianza sirve de excusa para no cambiar nada mientras se espera el siguiente invento.

Este artículo se ha escrito con ayuda de inteligencia artificial y lo ha revisado, contrastado y editado el equipo de Solo Hay Uno.